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Personajes destacados: Sabana de Uchire.

Juan Bautista Dominguez Alfonzo
José Calasanz Mata Bellorín
La Patria Civil, valores y vivencias (2006)
Nació en Sabana de Uchire el 16 de mayo de 1914. Sus padres fueron el hacendado Jesús María Domínguez Armas y la distinguida señora María Teresa Alfonzo Rojas. Fue, al igual que los compatriotas nombrados en las páginas precedentes de este humilde librito, un ciudadano modesto y muy sencillo. Desde muy jovencito se inclinó a la pintura y llegó además a ser un dibujante excepcional. La crítica lo consideró como uno de los mejores plumillistas del país y de América. Expuso sus obras en las más renombradas salas de Venezuela y el mundo. Esas anotaciones las encontramos en el propio catálogo referencial de la Biblioteca Nacional de Venezuela y se conforma en dos trabajos suyos publicados, el primero en 1971 y el segundo en 1974. Participó de manera sobresaliente en concursos nacionales e internacionales.Cuando me honré y alegre de conocerlo personalmente, me regaló una plumilla que conservo y exhibo orgullosamente en mi estudio jurídico de Sabana de Uchire, dibujada con su excepcional pasión artística que refleja una estampa de la playa y río de Machurucuto, visto por él en abril de 1.937, precisamente a pocos meses de haberse bañado allí el querido tío y pariente suyo, Jesús María Bellorín, de cuyo baño le devino una pulmonía fulminante y murió seguidamente en el vecino pueblo de Cúpira. Es justo reconocer el agradecimiento de mi familia por haber llevado a las queridas hermanas Delia Mercedes y Esther María a dibujantes de Cartografía Nacional.Cabe señalar que Juan Bautista Domínguez Alfonzo distinguió y apreció muchísimo a mi madre Mercedes Bellorín y a su hermana Sofía Bellorín. En visita dispensada en la casita de Coche a su querida prima, la Chicha Bellorín (así, familiarmente, llamaba a mi madre), me contaba en medio de las inolvidables tertulias sabatinas sostenidas en compañía del otro gran uchirense Jesús Salvador (Chucho) Marichales, del apasionado y largo romance juvenil sostenido por su linda hermana Bertha con Chicho Mata. Juan Bautista Domínguez me hablaba también con frecuencia del afecto y distinción que le dispensó al ya nombrado Chucho Bellorín, fallecido como se dijo por las fatales circunstancias derivadas de su baño en la playa de Machurucuto, plasmada en su ya referida plumilla.

Domínguez Alfonzo había nacido en la mansión de tejas, diagonal a la casona de los Armas Álvarez, construida por su padre Jesús María Domínguez Armas. En esa mansión también vivió Don Manuel Marrero, padre de Rafael, Rosario y Rosaura Marrero Armas, nativos también del pueblo de Uchire y quienes después se fueron a vivir para siempre a Valle de Guanape, así mismo sus hermanas naturales, Bertha y María de los Remedios Marrero fijaron su residencia en dicho pueblo de Valle de Guanape. En medio de la admiración y el aprecio por su fama de gran dibujante y plumillista, el 20 de marzo de 2005 Juan Bautista Domínguez Alfonzo se despidió de este convulsionado mundo, en la ciudad de Caracas

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Juan Bautista Domínguez Alfonzo
Teresa Piñana Vives.


Juan Bautista Domínguez Alfonzo es un hombre apacible, tranquilo, alejado de ruidos y publicidad. Tras su aspecto bonachón y sensible esconde un espíritu latente de vibraciones emotivas que redundan en un arte exquisito en paciencia y perseverancia: el dibujo a plumilla.
Me costó mucho aceptara contestar algunas preguntas periodísticas: “No sirvo para eso”, dijo. ¡Claro, lo él es pintar, pintar, pintar¡ Sin embargo insistí y resignadamente tomó asiento, entrelazando sus manos con su poquitín de nerviosismo.

– ¿Cuándo comenzó la afición a dibujar?

– Desde que era muy niño. Nací en Sabana de Uchire, Estado Anzoátegui, y cuando comencé a tener uso de razón, no me perdía las revistas que tuvieran dibujos y grabados. Así, poco a poco, adquirí un modo de hacerlo de forma personal, un modo más mío.

Juan Bautista cree haber hablado ya demasiado. Insisto y así me entero de otras cosas. Por ejemplo: adolescente se viene a Caracas y actualmente trabaja en la Compañía de Teléfonos (es allí un funcionario sumamente querido por sus compañeros). La Capital y luego, gracias a viajes de tipo profesional, Margarita, Puerto cabello, Coro, Maracaibo, Mérida y otras ciudades le permiten entronizarse en la recia y sólida arquitectura colonial.

– Encontré en la plumilla la expresión justa para dialogar con esos rincones tan hermosos como escasos. Sin embargo, trabajo intensamente el óleo.

El arabiente colonial es pasión en Domínguez y lo busca en celosas correrías por ciudades y pueblitos del país. Cuando los encuentra, los plasma con su plumilla en maravillosa exactitud, cargada de tradición, sinceridad y vocación.

En óleos es todo un maestro. En plumilla, Juan Bautista Domínguez es único en el país. Domina el oficio a conciencia, sin llegar a eso que se llama “imagen fotográfica”. Eso está lejos de él y de su quehacer. En su labor hay el secreto de un gran artista: mística, expresión sensible, personalidad, precisión e independencia.

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Presentación con motivo de una de sus exposiciones.

Hoy ofrecemos una muestra especialísima: la magnitud del pintor venezolano, Juan Domínguez Alfonzo.

Artista dedicado al dificilísimo arte que hiciera famoso el mago del Renacimiento Alberto Durero, “la plumilla”, expresión casi olvidada. Hoy día es difícil encontrar verdaderos artífices de la tinta china.

Domínguez está considerado entre los tres mejores pintores plumillistas, y por coincidencias, llamados JuanFrancisco Domínguez, genio del dibujo taurino, “España”; Jean Dominic, creador de personajes, “Filipinas”; Juan Bautista Domínguez, gran paisajista, “Venezuela”; de manera que el trabajo hecho con honradez personal, con un sentido estético sumamente puro y la limpieza de su obra, le han catalogado internacionalmente, en primer plano. Las líneas ejecutadas con destreza y agilidad se entrecruzan y distorsionan, perfilándose los contornos y espacios llenos de luz logra movimientos en los árboles. Al dibujar casas, calles y plazas coloniales, estiliza el trazo, curva las líneas, puertas, ventanas y rejas pierden severidad y rectitud, dando la sensación que salieran de cuentos, leyendas, y épocas lejanas y no fueran pintadas del natural.

Con razón, se ha llamado a Juan Bautista “El Cantor de Hispano-América”, el ama la tradición, vive fiel al resurgimiento del ayer, a la edificación que hermanó tierras diferentes, que cambió la choza de paja y barro por casas de paredes y techos sólidos, creó caseríos y ciudades, que hoy a través de los cuadros de Domínguez se valorizan y, la similitud entre diversos países, demuestra en la historia de las Naciones, la nobleza de la raza que formó los pueblos Hispanos que fueron orgullo y baluarte de la Madre Patria, ahora ya libres, poderosos y fuertes, orgullo de América, más siempre con las raíces que con las traídas de allende los mares, se plantarán en esta tierra ubérrimas y fértiles, que dieran los grandes frutos de religión, credos y arte.

Ese misticismo con que labora Domínguez, le hace recorrer lugares y sitios históricos en búsqueda de rincones iguales, que el tiempo hará olvidar, pero quedarán como testigos en el trabajo sencillo y único que tiene el mérito de auténtico y veraz, por lo que su labor es reconocida en el Mundo, no solo como artista, sino como historiador gráfico, como poeta y como hombre.

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Navidad en Oriente

LA NAVIDAD EN EL ORIENTE VENEZOLANO

Rafael Armas Alfonzo

Del Oriente Venezolano

Págs. 42 a 46.

El 25 de diciembre el mundo cristiano celebra el nacimiento de Jesús de Nazaret. La palabra navidad, del latín nativitas, significa nacimiento. Este acontecimiento histórico se celebraba antiguamente en diferentes fechas, hasta que una mayoría de pueblos cristianos acordó celebrarlo en la fecha en que se celebra actualmente.

La Navidad es la más grande festividad religiosa de la iglesia cristiana. De cuantas leyendas o tradiciones se tiene noticia, ésta, la del nacimiento de Jesús, es, sin lugar a dudas, la más hermosa, la más bella, la que cala más hondo en el corazón de todos. ¿Quién no se conmueve ante la proximidad de la Navidad? Es también la fiesta de los niños, de su incontenible y bulliciosa alegría, y, por contraste, es también la que mayor suma de recuerdos, de nostalgia y de tristeza trae al ánimo de todos los hombres. Nombrar diciembre y asociarlo con el color y la alegría de los inolvidables recuerdos de la infancia, es una misma cosa. Cada año, con los primeros cantos navideños –los aguinaldos- todo ese mundo de vivencias aflora espontáneo, preciso, con todo el poder y fuerza que tienen los recuerdos de la infancia: la casa paterna y el deseo de los padres por hacer que nos sintiéramos felices a esa edad, la compañía de los hermanos y el trabajo de poner el nacimiento o adornar el arbolito, los ensayos de los aguinaldos y la gran satisfacción de ver hacer las hallacas por las manos hacendosas de la madre. ¿Quién escapa a esos recuerdos?

En Oriente la Navidad reviste un acontecimiento extraordinario por celebrarse con toda la fragancia y el sabor de la tradición. Andaluces o catalanes, o isleños de Tenerife, pobladores de estas tierras, dejaron aquí –con las costumbres tradicionales de su pueblo- sus cantos y su música. El aguinaldo propiamente dicho, es español y es este quien lo trae a América con el cristianismo y todas las influencias culturales de los antiguos íberos, los romanos o los árabes. A esos cantos que llevaba el juglar de villa en villa, el español los sigue llamando villancicos. Nosotros los llamamos aguinaldo y aunque en él perduran las antiguas raíces, siempre hay un fondo cultural, mejor dicho, un fondo de aportación cultural el indígena o del negro; más de las antiguas tradiciones del indio que del negro. Una muestra la tenemos en los aguinaldos que se cantan en cada región donde la variedad de sentimientos e intenciones sirven para exponer junto al chispeante humorismo del blanco, la sobresaliente desconfianza del indio o la malicia encubierta del negro.

En Barcelona, Urica o El Chaparro, Clarines o Sabana de Uchire, los aguinaldos sirven a esas intenciones y también a otros intereses. En la Navidad del año pasado, en Uchire, se oyeron estos aguinaldos improvisados por un hombre del pueblo:

¡Ah¡ Niño de Uchire,

yo te lo decía:

que al cambiar de mando

yo te cantaría.

Y viendo al niño en el pesebre, casi ahogado entre un pajonal de un verde intenso, que esa tarde habían recogido en la sabana, agregó: 

Quítenle la paja,

al niño de encima,

que si está llorando,

algo le lastima.

Cantadores de aguinaldos, en cada región, constituyen un valioso aporte folklórico. En Sabana de Uchire son memorables los aguinaldos cantados por Bartolo y Julio Morales, Victorio Catamo, Chulo Guacha y Jesús Malagueña. En Lechería un grupo de viejos pescadores margariteños cantan unos aguinaldos con un sentimiento y una emoción jamás sospechada. Y no solo eso, la melodía de ese canto, así como su letra, es algo realmente inolvidable. Es curiosísimo el hecho de que los cantadores casi siempre son hombres mayores, de cabeza blanca, que en la alta madrugada de la noche de Navidad salen de sus casas formando una comparsa –con cuatro y maracas- para buscar la compañía de otros paisanos o familiares.

En cuanto a vivencias folklóricas relacionadas con la Navidad, estos pueblos de oriente conservan un valioso acervo cultural. En Anzoátegui sobresale la danza o baile indígena que tradicionalmente se baila por estos tiempos en Caigua, un antiguo pueblo de misión. En este baile se observa muy poca o ninguna influencia de lo español. En Cumaná, el diablo –un hombre- representa el concepto religioso y moral de la idea del mal y aunque en su atavío o disfraz se incluyen componentes indígenas, o que usa el indígena, su caracterización no es autóctona; lo trajo el español. En el mismo Cumaná es notable y digna de verse la comparsa que todos los años, por Navidad, organiza Georgina Rodríguez, la Negra Georgina: El Guarandol, con su melodía y coreografía propias, no faltan en diciembre. Georgina es de Chiclana y el enorme pájaro, que otros años vistió con papel blanco rizado, quién sabe este año que color vestirá. Pero no se crea que esa comparsa de la negra Georgina es la única que organizan en Cumaná. El Carite y El Chiriguare, y muchas otras, son dignas de verse en muchos pueblos del Estado, en Nueva Esparta y Anzoátegui.

Hombres de letras en todos los tiempos, han escrito sus impresiones en relación con la Navidad. Nos llena de orgullo y satisfacción mencionar entre ellos al poeta José Tadeo Arreaza Calatrava, que escribió el más bello y el más nacional de los poemas infantiles que tratan de la Navidad, antes de crearse la necesidad pedagógica de una literatura infantil, a la que aportó notables antecedentes Rafael Olivares Figueroa. El poeta Arreaza Calatrava se dejó conmover por los recuerdos de su niñez en Aragua de Barcelona y escribe la más inolvidable literatura que hoy puede leer el niño venezolano.

En cuanto a la costumbre de ofrecer regalos en la Navidad, pensamos que esta puede tener su origen en la historia de los tres Reyes Magos, quienes llegaron con sus presentes para el niño Jesús, doce noches después de su nacimiento. Es verdad también que existe una versión que atribuye esa costumbre de los regalos como proveniente de una antigua celebración romana: el 21 de diciembre es el día más corto del año. En la antigua Roma era costumbre celebrar la llegada del invierno, y, a partir de esa fecha, los romanos se hacían mutuamente regalos para festejar la mayor duración de los días. La tarjeta de Navidad tuvo su origen en Inglaterra; su intercambio comenzó en 1840. En los países cristianos esta tarjeta de Navidad constituye una expresión de afectos y simboliza nuestra alegría por el nacimiento de Jesús.

El arbolito de Navidad parece ser originario de Alemania. Se ha dicho que el monje San Bonifacio, en el siglo VIII, adornó el primer arbolito. Fue una buena idea. Los sajones aportaron la escarcha, el bastón rojo y blanco y las medias muy decoradas, propias de estos días.

En Italia, Francia, España y en toda la América Latina, la representación del nacimiento de Jesús con figuras de barro, cerámica o yeso, constituye una vieja tradición, cuya paternidad se atribuye a San Francisco de Asís. Él, que tanto amaba a los animales, el año 1.224, teatralizó el rito navideño, escenificando la historia. Se cuenta que llevó a una de las naves de su iglesia elementos vivos y, encabezando grupos de aldeanos, bailaba y cantaba villancicos alrededor del nacimiento. Así fue como nació la tradición del nacimiento y surgieron después las figuras de arcilla, yeso o madera, representando a cada uno de los personajes de la historia bíblica.

En cuanto a Santa Claus o San Nicolás, su representación proviene de una vieja costumbre holandesa. San Nicolás es amigo de los niños, patrono de los marinos, de los empleados y de los maestros. En Norteamérica cambiaron a San Nicolás por un hombre gordo, vestido de rojo con adornos blancos. Desde el polo norte, por estos días de Navidad, viaja en un trineo tirado por renos. Los niños deben colgar sus medias la víspera del día esperado para que Santa Claus les deje allí sus regalos o dulces.

Leyendas o tradiciones, con distintos orígenes, y, por supuesto, con diversos aportes culturales, emotivos o sentimentales, es cuanto de sabor y color a estos días de tanta significación como son los de la Navidad.

¡Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad¡ 

El Morro de Barcelona, 22 de diciembre de 1972.

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Jesús Rafael Saume Barrios (Chucho Saume)

Es para nosotros un inmenso orgullo presentarles a continuación, breve semblanza de uno de los hombres más relevantes en la historia contemporánea de Guanape, escrita por dos de sus más cercanos, dilectos y fraternales amigos: Alfredo Armas Alfonzo y el Dr. Juan Zeiden Álvarez. Ambas reseñas forman parte de las dos obras escritas por Jesús Rafael Saume Barrios, quién plasmó en ellas un hermoso legado de memorias nacidas en esta porción de la Cuenca del Unare y las filas del Uchire y, se han convertido en lectura de referencia obligada para quienes deseen conocer con mas detalles,  como transcurría la vida cotidiana de las gentes en este pueblo oriental.

Algo de Guanape

Jesús Saume Barrios

DEDICATORIA

a Sinforoso Macayo

memoria motivadora de este modesto trabajo

a Alfredo Armas Alfonzo

quién dijo las palabras de estímulo

a mis hijos

Como presentación

Dr. Juan Zeiden Álvarez

Mientras uno más vive, uno más ve, podría legítimamente pensar el lector de las páginas de este libro. En efecto, si su autor es un comerciante ajeno totalmente a cualquier actividad de tipo literario, como es posible que para su presentación, elija a una persona casi tan justamente lejana como él de esos menesteres. Cosas que se ven, seguirá pensando quién lea.

Escribir unas hojas y apretujarlas en forma de volumen, es una tarea tan ardua y delicada como que muchos empeñen toda su vida en ello sin lograr al final ni una discreta recompensa práctica, o estima. Pero no es la primera ni la última motivación de estas páginas ni metas prácticas ni estima; otros son los deseos, y he allí la razón por la cual el presentante acepto gustosamente participar en la aventura. De venir el elogio, de venir el estímulo, ha de ser por una vía común a todo buen venezolano: el amor a una tierra, a unas gentes, a un tiempo y a unas cosas cada día más distantes. Eso sí, perfectamente podemos asegurarlo.

Complica esta salvedad ¿quién es el autor?, quién es Saume? Nadie. Un venezolano común y corriente con medio siglo arriba, natural de Guanape, con el alma en Guanape y cuya última voluntad será la de ser enterrado en Guanape; un venezolano común y corriente a quién la escuela solo pudo enseñarle, quizás, hasta un cuarto grado malo; un venezolano común y corriente cuya vida ha tenido que ganarse con oficios comunes y corrientes; un venezolano que desde su negocio en la Avenida Bolívar de Maracay, gana el pan de sus hijos diariamente comprando a tanto y vendiendo a cuanto; un venezolano más, que come, calza, viste y tiene necesidades.

Pero Saume, amigo lector, para quienes de veras lo conocen, tiene como la luna, otra cara y esa es, a nuestro parecer, la auténtica, la genuina, la valedera. Fácil es descubrírsela. Vaya Ud. Un día a su comercio, háblele de algo de antes, por ejemplo de los muertos que salían en los caminos o de los juegos con que se divertían los muchachos, y a buen seguro que la clientela presente acusará, a poco, la incomodidad. Pues, si, por eso, porque él es uno de los tantos que por equivocación o necesidad no hace lo que debe estar haciendo; porque tiene el cuerpo en el negocio y la cabeza pensando quién sería el primero que hizo su casa en Las Varas, cuantas veces le roncó el tigre a Ramón Marapacuto, o quién diablos fue el primer capitán que derrotó a los Tomusas; porque vive sintiendo como pudo hacerse esto y no aquello por el bién de los montes, de los ríos, de las viejas casonas, porque vive soñando en el día en el cual, al fin, los humildes de Guanape satisfarán definitivamente la sed de justicia y de pan por tanto tiempo preterida. Ese es el Saume de sus amigos, el verdadero Saume, el hombre Jesús Saume.

El libro, por supuesto, dice lo que ya es de suponer que diga, y lo dice como es de suponer que debe hacerlo. Mas, falta algo por saber: fue hecho dándole pellizquitos al tiempo y un trompón soberano al propio bolsillo.

Algo fuera de lo común, se diría, pues, no puede ser para menos eso de estar un comerciante restándole tiempo a su comercio y dinero a sus haberes para dar a luz un libro. Con libros no se come, con libros no se gana dinero según se oye lo que se oye. Peor aún ¿un libro sobre Guanape? ¿Qué es Guanape?.

Guanape, amigo mío, le adelanto, es un pueblecito más de esta patria sin memoria, fundado no se sabe por quién, ni nadie sabe cuando, en la porción mas noroeste del Estado Anzoátegui. Fue lugar donde hubo población aborigen repartida en tribus de diverso nombre pero de igual coraje, al que regaba un río cuyo bien disfrutaban los Tomusas en la más pura inocencia. Fue un lugar de riqueza, de conquista y de sangre. Fue un lugar ni más ni menos igualito a tantos de la patria a los que la incuria y el nuevoriquismo han llenado de aceite, quemado sus montañas, destruido su historia y sus leyendas, secado sus aguas, etc., etc.

No se resigna el autor a mirar con ojos de tristeza y frustración lo que fue, o es, patrimonio espiritual suyo y de los suyos, sin tomar parte militante en la obra del señalamiento y el rescate de tanta hechura y cuestiones olvidadas. Así dio rienda suelta a la memoria para hilar esas evocaciones de gente y cosas, de costumbres, de sentimientos y de dramas, de todo lo que vio y oyó.

Guanape es pueblo padre. Hijos suyos dos magníficas poblaciones vecinas: Valle de Guanape y San José de Guaribe. Muchos son los descendientes de los tres pueblos que hay regados por toda la extensión de Venezuela. Lo menos que podemos pedirles, especialmente a ellos, es que lean el libro, no con ojos de chismoso aldeano, sino con la mirada curiosa a que invita el origen, pero a la vez fecunda, a que obliga el amor.

Sucesión de Jesús R. Saume Barrios

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Silleta   de   cuero

Jesús Saume Barrios

BREVE EXPLICACION

La historia menuda, los grandes acontecimientos, las murmuraciones, las pequeñas y grandes transacciones mercantiles, el noviazgo, el matrimonio, el compadrazgo, la conspiración política, los cambios de jefes civiles, de jueces y policías; lo sucedido en las fiestas patronales y en las galleras, las crecidas del río, lo bueno o lo malo de los inviernos y de las cosechas, las bondades curativas de algunas plantas, la gravedad y muerte de alguien, y todo lo que había que decir y escuchar, se dijo y se escuchó en una silleta de cuero reclinada en el marco de una puerta de cualquiera de los pueblos de Venezuela adentro; así por lo menos sucedió en Guanape, Valle de Guanape, San José de Guaribe y Sabana de Uchire. La gente de estos lugares no tuvo otra forma de comunicarse entre sí, como no lo fueran las tertulias de todos los días en las puertas de las bodegas o en las puertas de una casa de familia sentados en silletas de cuero; en ellas se daba y se recibía toda la información del acontecer cotidiano. No era lo que se conoce despectivamente como “chismografía de pueblo”: Era la historia de cada conglomerado lo que se redactaba a diario en esas reuniones, para con ell tiempo ser transmitida de generación en generación de la misma manera: en la puerta de una bodega o de una casa de familia. Aceptemos, pues, como positivos, los relatos que aparecen en estas páginas; algunos de ellos, seguramente, habrán sufrido variaciones, pero la esencia de los mismos no ha sido alterada.

Jesús Saume Barrios

EPILOGO PARA

EL  COMPAÑERO  QUE  SE  DEVOLVIO

Alfredo Armas Alfonzo

La misma doña Tea, con esa suavidad de la que nadie se olvidaba después de eso, fue  manuscribiendo a lápiz, con letra toda ingenua, la noticia de la llegada de los hijos: José de Jesús, nacido en Guanape en 1924, bautizado en Clarines, sus padrinos don Francisco José Ávila y Sinforosa de Saume. Julián Ramón, nacido en Guanape en 1925, padrinos don Juan García y Carmen Teresa Ávila Chacín. Jesús Rafael, nacido en Guayabal de Guanape el 13 de octubre de 1927 y bautizado en Guanape, sus padrinos Pancho Pepe Ávila y Mercedes Saume. Antonia, también de guayabal un día de San Antonio de Padua, que tubo de madrina a Angélica Guarda. Luis, también en Guayabal en 1930 y bautizado en la población de El Valle, sus padrinos Rafael David y Raquel Ávila.

Jesús Rafael –Chucho más bien, Chucho Saume- es el autor de este libro y de otro anterior con título de Guanape, que es como se llama de otra manera la forma de querer a algo que está en la sangre y en la saliva de cada quién aquí venido a este territorio junto a un río antiguo que remecía el sueño con el fragor arrastrado de su piedra, entre vientos de flores de tiamo, ya apagado y sin eco el vocerío de la soldadesca de cuando el comandante Calixto Vicente de Armas alzaba sus banderas como la coitora su pluma nueva, como el gavilán del rastrojo la sangre de su pico, como la pavita montañera ese lamento de campana rota con que anunciaba la noche aciaga de todo mortal. Pero es verdad: Nadie nunca podrá mencionar esa palabra del caribe sin acordarse de unos ojos de mujer bonita, del padre abriendo la patilla para compartir su ambrosía, de la mano de la madre que era maestra además y podía evitar con un solo gesto de su ceño al acecho de la culebra al hijo de su ser; de este hecho condicionante del alma que supone haber nacido aquí frente a una plaza donde solo se alzaba la flor de la reseda. (El busto de Bolívar se puso al medio siglo de darle al pueblo la filiación municipal.) Chucho Saume era de los que creían con honesta convicción que ser de Guanape garantizaba la condición de buena gente; no provendría la insania de ese alero quieto y sereno del costado de la vela de La Candelaria, ni la hubiese consentido como conducta de cristiano fiel aquel Padre José Ramón medina, desde cuya huesa, en la iglesia de Guanape, algún espíritu celestial cuida de la observancia del deber moral del nutrido de este destino. Este Chucho Saume, que se muere el 9 de mayo, dejando a todo el mundo en la más dolorosa de las aflicciones. Se había quejado de un dolor de cabeza y desatiende una señal del mal que se lo lleva, sin proponerse nada para el viaje, en cuestión de horas.

Yo no se si uno debe acallar a veces el mandato del corazón, y alejar de sí la máscara de todo concepto de lo literario y lo periodístico, para proponerse decir aquí que ninguna muerte como la Chucho Saume tan innecesaria, inoportuna e imprudente. Para uno, porque este hermano de uno, familia de todos, carecía de semejante parecido a él, amigo de todos los días y todos los años, de todos los instantes de la vida ajena o cercana, que él hacía suyas, como cuestión de consanguinidad inevitable; hombre de la preocupación más constante por el que sabía de buena o poca salud o del que no sabía nada, así fuera grande o poca la significación en lo social o lo fundamental del otro, un mismo sentimiento para aquel conocido de entre los humildes de la región natal o un jefe del ejército, un doctor o el tipo de la calle; este Chucho de esos seres escasos de la tierra que uno necesita con apremio para saber que la mano que le apoya en el hombro es la garantía y la certidumbre de una solidaridad sin la cual nadie puede optar a la paz cotidiana. En nuestro caso, la suerte nos ha dado amigos y conocidos o la posibilidad de contactos con demasiada gente, pero yo digo, con la verdad entre todo por delante, que nadie como el tercero de los hijos de Tea Barrios y Julián Saume Aguilar –el de la realidad de rehacer una economía cafetalera de una abandonada hacienda- , que nadie como Jesús Saume Barrios me había deparado tanto bien como para que uno no se sintiese caminando apresurado entre la oscuridad solo con su cobardía. Yo sabía que donde estuviésemos Jesús Saume Barrios me iba dando la confianza como para no caer en un riesgo. Yo se también que a partir de este 9 de mayo yo no vislumbraré sino oscuros trapos negros tenebrosos en la casa de ese antaño bisabuelo en cuya compañía me supe la mañana de Guanape del sábado 11 de junio de 1977, llamándolo con la voz de su alma ardida y yo heredero de la suya junto a aquel pueblo todo que era de Jesús Saume Barrios además del comandante mío y de él, Calixto Vicente Armas. Yo veía a Chucho mientras recitaba mi discurso y yo sabía pero de verdad verdad que la raíz del cuerpo del hijo de Rafael Armas Chacín y Mercedes Alfonzo se enredaba aquí entre los greales colectivos.

Y por él, por propio Chucho Saume, que no tenía razón ninguna para dejar de escribir los otros libros de la más amena escritura y la más ancha emoción de deber realizado y ponerse a olvidar infortunio y pobreza y esa memoria de un pasado en que debió realizar trabajos de muchacho de mandado o de peón, y sin embargo, el pesimismo no lo hirió nunca como para endurecerle la riza o la alegría de su rostro de campesino. En aquellos días dolorosos de la clínica fue que abandonó –dice uno, sin saberlo- el pensamiento de lo que debía contener el libro sobre Puerto Píritu, adonde se fue, muchacho, a trabajarle a R.A. Cuenca, y el mar enfrente lleno de reflejos de vidrio a los que él se asomaba deslumbrado. Yo quiero recordarlo así, entre la luz del naciente.

Yo declaro que me equivoqué cuando me supuse –y lo dije- que desde Píritu de Peñalver al monte Paraguayaco no se encontraba más que la soledad de los desiertos donde solo sobrevive la acechante cascabel. Y no: uno haya el fruto del pichigüey, la flor escondida del pichigüey y su néctar exquisito, de poca sal como la lágrima de la novia que dejamos atrás; a su lado, quitándole las espinas, Jesús Saume Barrios, a quién ya uno no puede llamar para que lo ayude a cruzar el río crecido y fragoroso de toda incertidumbre.

“Jesús Saume Barrios no alcanzó a ver publicado su segundo libro, este, que más que memoria nostálgica de su pueblo tal como él lo vio o conoció de oídas, es extraordinario documento del más inapreciable interés histórico para un examen de la sociedad de una comunidad determinada del país durante ese proceso de cambio comenzado desde principio de siglo.

El autor nunca midió el alcance de un trabajo más que literario, de valor antropológico por el que se asomaba al Guanape que amó tanto y entre cuya tierra deseó acabar en paz y descansar para siempre.

A veinte para las once de la noche del último mayo, la muerte cambió los planes del escritor y el campesino que él insistía seguir siendo obstinadamente.”

Silleta de Cuero, Pág. 285, 286, 287, 288 y contraportada.

Sucesión de Jesús Saume Barrios.

Publicado por Gustavo Dominguez Martinez

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Personajes del Oriente Venezolano.

Roberto O. Domínguez Armas

Mariela Domínguez Hernández

“A mi gran Maestro, en honor a su memoria”.

Roberto Otilio Domínguez Armas, nace en la población de Guanape, Estado Anzoátegui, el día 13 de diciembre de 1919, de la unión matrimonial entre Roberto Luís Domínguez Armas y Susana Armas Rodríguez, ambos guanapenses y pertenecientes a las familias fundadoras de este pueblo de la Cuenca del Unare. Es el segundo de cinco hermanos, todos nacidos en este pueblo: Ligia, Roberto Otilio, Rafael Vinicio (Cubín), Carmen Vestalia y Juán Salvador Domínguez Armas. Inicia y culmina sus estudios de primaria en la ciudad de Barcelona, en donde su madre regenta una pensión ubicada cerca de donde actualmente se encuentra el Hotel Neverí. Entre sus condiscípulos podemos mencionar a Tomás Alfaro Calatrava, Octavio Lepage, Rafael Guzmán Garroni y otros conocidos personajes de la zona. Posteriormente viaja a Caracas y los Teques en donde cursa hasta el tercer año de bachillerato. A pesar de sus pocos estudios, fué un conocedor de leyes y diestro en el manejo de sus conocimientos.

A la temprana edad de 17 años, comienza a trabajar para ayudar con el sustento familiar, en el recién creado Ministerio de Sanidad, desempeñandose como Inspector Sanitario, forjando para ello una partida de nacimiento indicando haber visto luz en el año de 1918. En el ejercicio de sus funciones recorre varias ciudades del país y, es precisamente en la población de Charallave, en donde conoce a Carmen Luisa Martínez Pérez, natural de Tácata, Estado Miranda, con quién contrae matrimonio el día 06 de febrero de 1945 y de cuya unión nacerán siete hijos: Roberto Luís, Tania Coromoto, Alexis Rafael, Enrique Gustavo, Luis Carlos, Gustavo Alfredo y Algimiro Domínguez Martínez.

Fué miembro fundador de los partidos U.R.D. y el P.C.V. cuando se perseguía, se torturaba, sedesaparecían y secuestraban a los revolucionarios llamados izquierdistas, principalmente a losmilitantes del P.C.V. en tiempos cuando pertenecer a partidos de izquierda no era bién visto, lo que trajo como consecuencia ser perseguido político durante los gobiernos del General Marcos Pérez Jiménez yRomulo Betancourth,además de ser privado de su libertad en cárceles venezolanas. Por esta razón, además de haber expresado su apoyo por escrito a una manifestación de trabajadores petroleros, es destituido de su cargo que ejerció por 24 años en el Ministerio de Sanidad.

Hasta mediados de los 50, sus viajes al pueblo natal eran contados y distantes. Es a partir de 1954, cuando lapermanencia se hace prolongada y frecuente, como consecuencia de la muerte de su padre ocurrida en la ciudad de Charallave el 09 de Junio del mismo año. Asume parcialmente la administración de los bienes de su tía Josefa María Domínguez Armas (viuda de Rafael Medina Armas), nombrando como Tutor Interino al Dr. Alonzo Calatrava Gago. Desde entonces y hasta el año 1963, su vida transcurre entre ir y venir a Guanape, Barcelona, Charallave, Cúa y Corralito en donde fija residencias de corta duración. En pocos años se asienta definitivamente en el fundo El Rincón y Charco Largo, ubicado en Mayares, jurisdicción de Guanape desde donde estrecha lazos de fraternidad con todos los pueblos vecinos.

Mantuvo una relación muy cercana con quienes adversaban a los gobiernos de turno, especialmente con Don Chicho Mata de quién adquirió el conocimiento para elaborar con el arte xilográfico, los escritos que clandestinamente publicaban. Se dedicó al sector agropecuario, enalteciendo el esfuerzo de superación del hombre y la mujer en el medio rural, en su labor como expresión de la voluntad en el quehacer de cada día de una comunidad progresista, siendo luchador constante de justicia y mejoras para los ganaderos y su pueblo, en la fundación de varias Asociaciones que agrupaban a este gremio, entre las que podemos mencionar las de Barcelona, Zaraza, Valle de la Pascua, Tucupido, Guanape, Valle Guanape, San José de Guaribe y Clarines.

Así mismo, fué miembro fundador de la Cooperativa de Electrificación Rural Peñalver-Bruzual-Guaribe, donde su voz sirvió para denunciar muchas irregularidades.

Su inquietud por la unidad de los gremios productores, su enérgico y didáctico discurso, le hicieron participar activamente en varios acontecimientos públicos, entre los cuales podemos mencionar:

Presidente de la Asociación Regional de Ganaderos del Estado

Anzoátegui (1977-1980).

Productor Agropecuario en el Desarrollo de la Cuenca del Unare (11, 12 y 13 de agosto de 1983) en la solicitud para la creación a nivel regional de la Autoridad única de Área de esta Cuenca.

Orador de Orden en la Sesión Solemne de las Fiestas Patronales de Guanape (1984).

Recibió la condecoración “Orden Manuel Ezequiel Bruzual” en su Segunda Clase (1986).

Miembro Fundador de Funda Guanape y Amigos de Guanape (1986).

Asesor del Centro Cultural-Deportivo Guanape (1987).

Canciller de la Orden “General en Jefe Manuel Ezequiel Bruzual” (1988).

Orador de Orden en la Sesión Solemne de las Fiestas Patronales de Valle de Guanape (1988).

Orador de Orden en la Sesión Solemne de las Fiestas Patronales de Guanape (1989).

Orador de Orden en la Inauguración de la Casa de la Cultura “Jesús Saume Barrios” de Guanape (1991).

Presidente de la Asociación Civil de Padres y Representantes de la E.B.N. “Diego Bautista Urbaneja” de Guanape y del Liceo “Juán de Urpín” de Valle de Guanape. Además apadrino varias promociones de 6º Grado y bachillerato.

Presidente Vitalicio de la Asociación de Ganaderos de Valle de Guanape.

Miembro activo de la Asociación de Ganaderos de Guanape.

Consideraba de vital importancia para los sectores sociales y económicos, “el fortalecimiento de las Asociaciones gremiales como garantía para la estabilidad de la existencia y el desarrollo propio de los pueblos, no solo por su actitud solidaria con los productores agropecuarios, sino necesarias para que la población viva la justa aspiración de felicidad”.

Este hombre de mediana estatura, de clara, sencilla y definida inteligencia, pero sobre todo de gran calidad humana, hace que se le recuerde por su sencillez, razón por la cual gozaba del aprecio de mucha gente, que cariñosamente le decían “Robertico”, “Pariente” o “Don Roberto”.

Soñó con “ayudar a calmar la sed de Guanape”, donando parte de sus tierras en la Finca El Rincón para la construcción de una represa, sueño que por mezquindades políticas aún no se hace realidad.

Aficionado a las letras, demostró sentimientos con espontaneidad, diligencia y desinterés a través de tantos escritos publicados en diarios locales y regionales, en donde mostraba profundas reflexiones dirigida a los hombres y mujeres de pensamiento libre, espíritu democrático y a los que querían luchar por la patria, digna del pensamiento de Simón Bolívar. En ellos demostraba su preocupación por las necesidades del pueblo, el cariño a sus amigos; plasmaba temas de política, naturaleza, educación e historia siempre con críticas sinceras, oportunas y constructivas, que consideraba necesarias para corregir errores, tal como lo manifestaba en sus escritos.

Luego de muchos años, se residencia en Valle de Guanape, pueblo donde vivió parte de su infancia, siguiendo activo políticamente cuando participa como candidato a la Alcaldía del Municipio Carvajal en representación del partido Causa R.

El 30 de marzo de 2000 y a la edad de 77 años, en la ciudad de Barcelona, fallece Carmen Luisa, su esposa y compañera de 55 años de vida compartida, víctima de un paro respiratorio ocasionado por los estragos que a lo largo de los años le fueron provocando la diabetes y la artritis reumática que padecía. El 15 de noviembre de 2004 y a la edad de 84 años, Roberto Domínguez Armas trasciende al plano de la eternidad, víctima de varios infartos cerebrales y blandiendo aún las banderas revolucionarias. A pesar de su inagotable espíritu de lucha y del infinito amor a su pueblo, esperanzado en proporcionar a Guanape “alegrías de lejanas penas”, a cuestas de un viaje sin retorno en compañía de pocos amigos, dejó sembrado los mejores recuerdos en el corazón de su gente, que hoy le rinden merecidos honores a su memoria, evocando sus nobles acciones en defensa de las mejores causas, de lo que no es necesario que se diga nada. Todos conocimos y compartimos su sabiduría en su cordial paso por la vida.

Entre sus palabras expresadas el 12 de febrero de 1988, en la plaza Bolívar de Valle de Guanape, dijo: “… Cuando uno se pueda dar la mano con el otro que piensa distinto a uno, solo entonces podremos gritar que Valle de Guanape es un pueblo que tiene por libertad la bandera y por timón la conciencia”.

Publicado por: Gustavo Dominguez Martinez.

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La Pelea de Guanape

Seguidamente, copio textualmente el escrito de nuestro pariente Rafael Armas Alfonzo, a proposito de uno de los acontecimientos mas importantes ocurridos en la historia de Guanape, durante La Revolución Libertadora, en diciembre de 1.902.
Para hacer el texto mas amigable, he colocado enlaces a las personas que se nombran en el texto y que aparecen en el arbol de nuestra familia, que como detalle curioso, la mayoría de los protagonistas de esta historia estaban emparentados de una u otra manera. Practicamente se puede decir que fue una batalla familiar. Igualmente a lo largo del texto, he colocado unas fotos para ilustrar el sitio de los acontecimientos y ademas una del cementerio local de Guanape, en donde reposan los restos de ambos parientes, del General Manuel Itriago Armas y de su primo Pedro Armas Itriago, una al lado de la otra.

Agradecimientos para Alvaro Armas Bellorín, hijo del autor, el cual muy gentilmente autorizó su publicación.

La Pelea de Guanape
Rafael Armas Alfonzo
La Revolución Libertadora constituye el hecho armado de mayor significación contra el gobierno del general Cipriano Castro. Comienza a fines de 1.901 con la presencia en aguas venezolanas del vapor Banright, rebautizado Libertador, a cuyo puente de mando se asoma el general y banquero Manuel Antonio Matos, y tras diecinueve meses de cruentos episodios, culmina en Ciudad Bolívar con el triunfo del Gobierno, jefaturada por el General Juan Vicente Gómez, segundo de Castro. Campos de acción fueron Guanaguana, La Victoria, El Guapo, Barquisimeto y Ciudad Bolívar. Catorce mil hombres llegaron a contar los rebeldes. Victorino Márquez Bustillos, panegirista de Gómez, asigna a la Libertadora la importancia que no tuvo, según él, la Guerra Federal. Implica en la aventura “Los hombres de dinero, los de los prestigios políticos y los militares, los dirigentes de los partidos, fuerzas vitales, en suma, abrumadoras por su calidad y por su peso…” y “entre las más brillantes espadas del caudillaje y los más expertos políticos de todos los círculos” asocia los nombres de los Generales Luciano Mendoza, Domingo Monagas, Nicolás Rolando, Gregorio Segundo Riera, Amabilie Solagnie y Luis Loreto Lima.

El alzamiento de La Victoria el 20 de Diciembre, a la cabeza Luciano Mendoza, presidente del Estado Aragua, marca en realidad el principio de la revolución. La acción del Cerro el Zamuro, en la capital de Bolívar, es el fin. Se peleó el 19 y el 20 de Julio. Doscientos cincuenta muertos y más de cuatrocientos heridos es el balance de los atacantes. Ochocientas bajas entre muertos y heridos sufren los rebeldes. A estas cifras los vencedores suman 3.275 fusiles, cuatro cañones, una ametralladora, una caja de dinamita, doscientas sesenta y cuatro granadas, trescientas libras de pólvora, más de medio millón de cápsulas y seis millones de fulminantes. Los rendidos suman doscientos veintiséis jefes y oficiales y ochocientos soldados de la Libertadora. El General Nicolás Rolando, jefe rebelde de oriente, de enorme ascendiente regional, esta entre los presos.

Además de las grandes batallas de La Libertadora, demasiada sangre se derramó en esos diecinueve meses. Ardieron pueblos, potreros y haciendas y en un sinnúmero de escaramuzas cayeron demasiados venezolanos: campesinos y pueblerinos arrastrados inconscientemente a la destrucción. La acción de Guanape, descrita por Rafael Armas Alfonso, maestro de escuela de muchos años, historiador con buena obra en vías de publicación, muestra lo que de encono fraticida tuvo la Libertadora en esa región agropecuaria de Anzoátegui. ¿Qué fue la pelea de Guanape? Una escaramuza entre hacendados, entre familiares, entre terratenientes. Sus puntos de diferencia se exteriorizaban afecciones a este o aquel caudillo o ambiciones de poder entre los que lo detentaban y los que lo aspiraban por la vía de la fuerza. Ni unos ni otros proporcionarían a sus pueblos posibilidades distintas a las que inveteradamente se les han negado a comunidades de escaso destino social. Las conclusiones que resultan conforman un cuadro de heroicidades innecesarias: una sola familia enlutada y un cadáver expuesto al sol hasta que la insania de un violento cabecilla rural permite que lo recojan para su entierro, el de Manuel Itriago al lado de su sobrino, en el mismo pedazo de tierra del cementerio local, los dos compartiéndose las mismas flores escasas.

El 12 de diciembre de 1.902, en plena Revolución Libertadora, el General Manuel Itriago Armas (a) Veneno, ocupaba militarmente a Guanape con fuerzas del Gobierno. “Las tropas, veteranas, disciplinadas, en su mayoría las había traído de Caracas” (1). Su cuartel ocupaba la casa llamada La Estrella, ubicada en la Calle Real, en el cruce con un callejón que sale a la plaza. Frente a esa casa, por el lado izquierdo, está la quebrada Calanche y más allá el bosque, la montaña. Esa casa, techada de tejas, hace esquina, aún existe, deteriorada, ruinosa. Allí estaba acuartelado también en su condición de 2do jefe de las fuerzas, el General Zenón Marapacuto, quien había traído unos sesenta hombres bien armados, todos ellos de los caseríos Santa Bárbara y Alto Uchire. Uno y otro estaban en expectativa, dispuestos a defender a Guanape como diera lugar.

Después de la derrota de El Guapo, algunas de las guerrillas formadas por revolucionarios de la zona norte del Estado Anzoátegui, mejor dicho, de la costa del Unare, habían logrado reunirse bajo el mando del Coronel Pedro Rafael Armas, “oficial de valor e impetuosidad comprobados” (2).

Esas guerrillas eran comandadas por pequeños caudillos, los más hombres de hogar y de trabajo, ninguno, realmente era oficial de escuela: Manuel Monserrate de Armas Álvarez, uchireño hacendado, José Vicente Mata Armas, de Píritu, Manuel Santamaría, de Clarines, y José Gregorio Bastardo, de el Hatillo. Estos fueron los del ataque a esa plaza.

Erróneamente se ha afirmado que otros jefes revolucionarios acompañaron al Coronel Pedro Rafael Armas en esa oportunidad. Es incierto. Nicolás Bottaro, hijo de Clarines, criador, dueño del hato La Pedrera, Matías Morffe Marcano, agricultor y criador, dueño de una posesión ubicada entre Las Pinteras y Urape, en jurisdicción del municipio Sabana de Uchire, y don Pancho Lusinchi, de Clarines, criador, dueño del hato Corcobao, no estuvieron en la pelea de Guanape.

Ubicados en Clarines, a los jefes de guerrillas les resultó un problema difícil unificar criterios en cuanto a los movimientos de la revolución. “Las discusiones en el campamento, entre los jefes, eran muy frecuentes. No lograban ponerse de acuerdo” (3). Manuel Monserrate de Armas, José Gregorio Bastardo y Manuel Santamaría insistían en el ataque a Guanape, y, sin rodeos, expresaban sus dudas de que el Coronel Pedro Rafael Armas se atreviera a atacar esa plaza, defendida como estaba por su pariente el General Manuel Itriago Armas.

La decisión de tomar a Guanape a toda costa se tomó el 10 de diciembre, después de acaloradas discusiones y no fue sino una temeraria demostración de valor y coraje por parte del Coronel Pedro Rafael Armas (4), a pesar de que ambas cualidades eran suficientemente reconocidas por todos los que le acompañaban. Entre estos, con categoría de oficiales, estaban Chucho Armas, su hermano, Manuel Santamaría, ya citado, y Adolfo Quiaro, nativo de Clarines, quien había sido ayudante de Bottaro. Le acompañaba también otro buen oficial, de apellido Guacarán, nativo de El Guamo, que con el, con Pedro Rafael, había hecho toda esa campaña.

Esos primeros días de diciembre de 1.902, para los revolucionarios de Clarines, fueron de mucha actividad. Del cuartel, ubicado en la Casa Amarilla, frente a la plaza, salían las comisiones, que no se daban descanso. Se buscaba bestias, monturas, armas, y, por supuesto, reses para el abastecimiento de la tropa. Muchos hatos fueron requisados, pero sus dueños habían traspuesto sus bestias de silla, que era lo que con más empeño se trataba de conseguir. Sin embargo, algo se trajo de Amana y de Palmira, de El Bagre, de San Isidro y Los Barrancos, en la cercanía de La Encantada. Esas comisiones lograron además que algunos se sumaran espontáneamente al movimiento.

En la población existía cierta inquietud, cierto temor difícil de disimular. Algunos hijos de Clarines prestaban servicio militar bajo las órdenes del General Itriago, y nadie podía prevenir los resultados de un encuentro, tantos eran los preparativos bélicos que se estaban observando.

Por otra parte, la actividad económica se encontraba totalmente paralizada. La mayoría de los comerciantes preferían esperar, temían correr el riesgo de que se les pidiese una obligada contribución en dinero efectivo, como se había impuesto en anteriores oportunidades. Este temor era el tema de las conversaciones de don Pancho Medina y de don Juan Chacín, dueños de establecimientos mercantiles en la Calle Comercio. En la farmacia de don Plácido Gutiérrez las reuniones eran muy frecuentes y los comentarios de la situación exponían claramente las simpatías de los asistentes hacia el General Nicolás Rolando y los otros jefes de la Revolución Libertadora. A esas reuniones asistían el Dr. J de J Tirado, don Julio y don Reinaldo García Ramírez, don Julián Alfonzo y otros más. Pero era evidente que les inquietaba ese inusitado movimiento de gente armada que había tomado la población. Ni los cargadores de agua, ni los que traían del campo frutos o animales para vender, se veían en las calles. El negocio de don Manuel Ávila Salazar, ubicado en la misma casa donde tenía su familia, situado a dos cuadras de la plaza, en la calle San Antonio, abría una de sus puertas un rato en la mañana. Su dueño lo hacía, mas por hablar con algunos oficiales y elementos de tropa, de los que pasaban por la calle, que por venderles algo. Don Manuel Ávila simpatizaba también con La Revolución Libertadora, revolucionario como había sido durante toda su vida. Don Ramón Alfaro, dueño de un negocio de mercancías y víveres ubicado en la casa Nro. 72 de esa misma calle San Antonio, casa diagonal hoy al dispensario, accedía a vender algo, pero a determinadas personas, y lo hacía por el zaguán. Don Antonio Requena Gómez, que tenía un negocio y una panadería en su casa de la calle San Antonio Nro. 82, hoy propiedad del señor Francisco Bustillos, no habría sus puertas a nadie, su esposa, doña María Medina, nerviosísima con ese tropel de caballería que con sus cascos sacaba estrellas al empedrado de la calle, no se lo permitía. Don Agustín Monteverde, establecido en la casa Nro. 88 de esa calle, casa que hoy es propiedad del señor Arturo Armas López, doña Adelina Bottaro, en su casa de La Cruz del Zorro, y don Pancho Lusinchi, en la última casa de esa calle, frente al puente que comunica con el caserío La Cruz de Belén, mantenían una misma actitud: no abrían sus puertas. Era notorio que ningún viajero, ningún arreo llegaba a Clarines, ocupada como estaba la ciudad por los revolucionarios.

El viejo Domingo Pérez, encargado de prende los faroles, hacía días que no salía con su escalera al hombro y su lata de kerosene, pues había tenido que suspender su trabajo por recomendaciones de su mujer, doña Vicenta. Al oscurecer todas las salidas de la población eran ocupadas por centinelas y los cambios de guardia obligaban a los vecinos a la vigilia y a los comentarios en voz baja.

Don Julián Alfonzo, quien había dejado de ir a su hato Cuapa por permanecer al lado de su familia y por ver en que paraba todo ese inusitado movimiento, a petición de los revolucionarios accedió a ir a Guanape con una comisión sumamente delicada: proponer al General Manuel Itriago Armas que se sumara al movimiento, pero esta fue una gestión inútil. “Ya tengo este compromiso con el General Cipriano Castro. Yo soy hombre de palabra”, fue toda su respuesta.

El General Itriago Armas, a su vez, por intermedio de personas de la familia, trató de persuadir a su pariente: “Dígale a Pedro Rafael que no me ataque, que eso será una imprudencia”. Resultaba evidente que no deseaba la pelea, y, en consecuencia, en esos primeros días de diciembre, se preparaba para desocupar la plaza.

A pesar de todo, terminados los preparativos, se emprendió la marcha hacia Guanape. La salida de Clarines fue en la alta madrugada de ese 12 de diciembre. Esas guerrillas comandadas por Pedro Rafael, en honor a la verdad, no constituían ningún ejército. Sus efectivos alcanzaban a 480 hombres, incluyendo los que mandó, a última hora, don Carmen Itriago, todos ellos peones y vaqueros de su hato Arenas. “Eran fuerzas de infantería, la oficialidad, y no toda, montaba en bestias. El armamento era desigual, un verdadero muestrario. Unos pocos máuseres, Winchester y mosquetones, que habían sido utilizados en otras guerras, cubanos, un arma que llamaban charpa, y escopetas de pitón de uno y dos cañones. El parque que llevaban no eran gran cosa” (5)

Como a las 9 y 30 a.m., frente al caserío Las Varas, Manuel Santamaría, picando espuelas a su caballo, se arrima al de Pedro Rafael y le dice: “Mire compadre!, usted lleva a su lado a Guacarán, que es buen oficial y como bueno que es lo ha acompañado en toda esta guerra, desea Chucho, su hermano, para que me acompañe”, a lo cual Pedro Rafael accedió.

Antes de las 11 a.m. rodearon la plaza. Un grupo de hombres de a caballo, a toda carrera, fueron los primeros en entrar a la población, la que atravesaron sin detenerse. Se oían gritos y descargas de uno y otro lado. Don Pedro Herrera, en su casa, no hallaba donde esconderse. Lina y Fidelia Turipe corrían de uno a otro rincón implorando a la Virgen de Candelaria que las protegiera. En la casa de los Armas Domínguez el pánico se apoderó de todos: Rosa enterró sus prendas bajo un ladrillo, a Amparo, su hermana, el susto le produjo vómitos y diarrea. Rafael Alejo, en el momento de comenzar el tiroteo, entraba a su casa con dos toretes que traía para su venta. Estos animales quedaron sueltos porque no dio tiempo para amarrarlos. Rafael Alejo gritó: Todo el mundo al suelo, boca abajo!. Del susto tan grande, se enfermó (6).

Del cuartel, mandado por Marapacuto, el primero en salir fue Policarpo Morffe, oficial, que con varios soldados hizo frente a los atacantes. Las descargas continuas y los gritos se oían por todas partes. Pedro Rafael entró por La Tejería con su guerrilla, y allí, tras de la Iglesia, le mataron a Guacarán.

Enardecido, avanza espada en mano, gritando a los suyos: “Avancen, muchachos!” pero los defensores no dan el frente, no se dejan ver sino cuando apenas asoman las puntas de los fusiles para disparar. Se protegen tras de las esquinas, tras de los árboles de la plaza, tras de las palizadas de las casas. Corriendo atraviesan la calle, buscando protegerse de las descargas. Buscan hacia el callejón situado entre la calle comercio y la calle Santa Rosa, y, por un boquete que ven en la palizada de la casa de don José Antonio Gutiérrez, entra la guerrilla, ya diezmada, pues en ese corto trayecto han perdido cuatro hombres.

En el patio de la casa, tras del grueso cañón de un cují, la gente del General Manuel Itriago ha improvisado una trinchera. La defienden Santos Mendoza y un indio nativo de Píritu, de apellido Araguaney. Ante éste, espada en mano, preséntase Pedro Rafael: “Ríndanse!”, le grita, y el otro levantando a medias el fusil, acciona el gatillo. El balazo, en la parte baja del cuello, detiene su marcha y cae. Los de esa trinchera suspenden el fuego. ¿Y este quien es?, le pregunta Araguaney a Santos Mendoza, que lo tiene al lado. “Carajo!”, le dice Santos. “Este es Pedro Rafael, el jefe de la revolución!”. El soldado piriteño se asustó muchísimo. “Yo no sabía yo no sabía”, repetía azorado, con pena (7). La tradición oral ha recogido esos detalles, tal como se mencionan.

¿Que parte tomaron en la acción las tropas comandadas por Manuel Monserrate de Armas, por Bastardo, por José Vicente Mata y por los otros?. ¿Qué parte tomaron si en la pelea los muertos fueron cinco, y todos de la Guerrilla de Pedro Rafael?.

Terminada la pelea, de regreso hacia Clarines por el camino real, llega Chucho Armas a Las Varas, a la casa de Teodoro Magallanes y preguntó quienes habían pasado. Bueno, le contestó el otro, pasó Monserrate con su gente, pasó también Manuel Santamaría con los suyos, después pasó Bastardo, después José Vicente… ¿Y Pedro Rafael, le interrumpió Chucho. No, Pedro Rafael no ha pasado, contestó Magallanes.

Chucho Armas volvió grupas su bestia, se regresó. En el paso del río, a mano derecha, subió por su cauce, y, dejando éste, tomó el curso de la quebrada Calanche para observar, con alguna protección, los movimientos en el pueblo. Por allí se quedó hasta el oscurecer, hasta que vio salir las tropas de Marapacuto. Esa noche se encontraba en el velorio del hermano.

La guerrilla de Manuel Monserrate de Armas, integrada por uchireños, durante la pelea se había dispersado completamente, de tal manera que cuando el pasó frente a la casa de Magallanes, rumbo al camino que sube a Sabana de Uchire vía Cerro Verde, solo llevaba un reducido número de soldados. Fue la guerrilla más numerosa de las que concurrieron al ataque de Guanape, pues la formaba un contingente de más de cien hombres. Juan Cabeza, Ramón Duerto, Andrés Cacharuco, Enerio Párica, Valentín Guacha, Ignacio Macayo, Segundo Tarache, Matilde Estacio, Francisco Marapacuto y Raimundo Macuma se contaron entre ellos. Sus oficiales Eusebio Aguilar, Hilario Meza, Pablo Avilé, José Gabino Tovar y Julio Bellorín eran hombres de valor y con una cualidad sobresaliente: leales a la palabra empeñada. Este grupo de uchireños, así como los otros grupos, constituían una montonera. Criadores o agricultores, obreros, hombres del campo o de la ciudad, con limitados recursos económicos o sin ellos, ¿Por qué iban a la guerra? Simplemente porque todo el que se consideraba un hombre iba. En algunos casos, tomar parte en esas revoluciones era algo así como una obligación, pues se presentaba un medio fácil para saldar diferencias o cobrarse deudas personales, y si padre y abuelo habían tenido destacada actuación en los movimientos armados de su tiempo, ¿Cómo justificar el hecho de permanecer indiferente? (8). Por otra parte, regados por todo el territorio venezolano aún vivían algunos oficiales y soldados de los que combatieron en la guerra de independencia, y estos hablaban de sus proezas, de su participación en esa contienda (9). De hecho, tales relatos incitaban al hombre a enrolarse en el primer movimiento armado que se presentara. Decir “ese peleó en La Guerra Federal” equivalía a decir que pasó por la mejor escuela de ese tiempo.

¿Qué buscaba Pedro Rafael Armas al atacar a Guanape?. En el supuesto de que hubiera logrado tomar la ciudad, ¿Qué ventajas le reportaba al movimiento, a la revolución, si en realidad esa plaza, militarmente, carecía de importancia?.

Ese día del ataque a Guanape, al General Manuel Itriago le había llegado su hora. Todo el tiempo que duró la pelea lo pasó donde su hermana Inés María Itriago, esposa del señor Pedro Pérez Ramos, quien vivía en una casa de esquina, frente a la plaza, a una cuadra del cuartel. Desde allí mandó varias veces a Nico Rojas, su asistente, para preguntar a Marapacuto como veía la situación. “Dígale al General Itriago que no salga, que espere más bien un rato. Dígale que la situación es buena, que no se preocupe. Dígale que yo estoy dando aquí, en el comando, las órdenes convenientes” (10).

Cuando la muerte se acerca, el recuerdo de familiares desaparecidos viene más de prisa. El General Manuel Itriago, en este asalto a Guanape, por segunda vez en su vida se encontró en una acción semejante. Ciertamente, un hado adverso, trágico, señaló el destino de miembros de su familia, pues varios de ellos perecieron en forma violenta. Tenía el 9 años cuando el asalto de Jerónimo García a Sabana de Uchire, donde residía con sus padres y hermanos. No podía olvidar la fecha. Eso fue el 24 de diciembre de 1.864. Esa noche los Itriago y los Armas celebraban el matrimonio de Camilo Rojas con Rufa Anato. Su padre, don Tomas Itriago, perdió la vida atravesado de un lanzazo, al intentar, espada en mano, pasar una palizada. Su madre, doña Blasina Armas Madurera, con todos sus hijos pequeños, a pie, se vio esa noche obligada a abandonar la población. En esa ocasión, a Domingo Itriago, que huyó en compañía de su hermano don Clemente, lo mataron en Montecristo, en el camino a Guanape. Don Clemente salvó la vida milagrosamente, al meterse en un poso de agua. Y todos eran hermanos de su padre, como lo fue también don Deogracia Itriago, asesinado en el cerro Guamachito por un ahijado suyo. ¿Cómo olvidar estos recuerdos?.

Como a las 2:30 p.m. el General Itriago Armas salió de la casa de su hermana. Solo, a pie, paso a paso. No llevaba arma alguna. En su mano derecha tenía un foete pequeño, con el que se golpeaba la bota y el pantalón, como si se sacudiera el polvo. Tenía amarrado un macho muy brioso y caminador, su bestia de silla, bajo un frondoso samán, en el patio de la casa del cuartel. Hacia allí se dirigía. Se oían algunos tiros dispersos.

Julio Bellorín (11) con su gente, había tomado parte atacando por el lado oeste, precisamente, hacia donde estaba instalado el cuartel. Ya había cesado la balacera y venia en retirada, ojo avizor, tratando de localizar alguno de sus hombres. A distancia vio al General Itriago Armas que venía a pie, con su bestia de diestro. Era un blanco magnifico! “Mejor es quitar a este hombre del medio”, dijo. Tendió su arma, un Winchester con el que no fallaba un tiro. Levantó la mirilla para ver por el extremo superior. “Son como doscientos metros. Por más que baje el plomo, no lo pelo”, dijo, accionando el gatillo.

La bala alcanzó al General Itriago justamente en la esquina del fondo de la casa de don Justo Márquez, y allí cayó, herido de muerte. El Balazo, en el bajo vientre, le destrozó órganos vitales. Un oficial que estaba cerca corrió para auxiliarlo y varios soldados hicieron una descarga hacia el rumbo de donde había salido el disparo.

El General Zenón Marapacuto, en venganza, quería tomar represalias pero el General Itriago, herido de muerte como estaba, se opuso. Tomas Pérez Itriago, su pariente, fue corriendo donde Marapacuto a decirle que no intentara saquear el pueblo, y como prueba de que había sido mandado por el mismo General Itriago, llevó su sombrero. A regañadientes Marapacuto acató la orden.

Esa misma noche Chucho Armas informó a personas de su familia que él fue el autor del disparo que segó esa vida (12). ¿Qué buscaba con eso? La verdad se supo después. Julio Bellorín nunca hizo alarde de esa muerte, pero en conversaciones con Ricardo y Julio Alfonzo Rojas, en Sabana de Uchire, les refirió los detalles de este incidente.

A la muerte del General Manuel Itriago Armas, el General Zenón Marapacuto asumió el mando de las tropas (13). Por cierto que los familiares del Coronel Pedro Rafael Armas guardan todavía un ingrato y penoso recuerdo de su comportamiento, inmediatamente después de la pelea no permitió que se levantara el cadáver, el cual estuvo expuesto al sol por varias horas (14). Accedió finalmente a petición de Don Felipe Silva, cuando, organizadas apresuradamente sus tropas, su corneta de ordenes tocó retirada rumbo a su cuartel en la zona montañosa de Alto Uchire, el único sitió donde se encontraba seguro.

El Morro de Barcelona: 26 de Diciembre de 1.971.

Notas al pie de página:

  1. Información dada personalmente al autor por don Arturo Armas Itriago, en Clarines, el 4 de abril de 1.970.
  2. Juicio de don Arturo Medina Alfonzo en “Mi Provincia y sus Valores”, página Nro. 159, 1era edición, 1.944.
  3. Información dada personalmente al autor por don Tomás Miranda Ferrer, en Clarines, el 17 de enero de 1.969. Don Tomás tomó parte activa en La Revolución Libertadora. Estuvo en la pelea de Aragua de Barcelona y en la de Mayare. Poseía una extraordinaria memoria.
  4. “Pedro Rafael Armas era alto, flaco, delgado, tan delgado que parecía un carapacho. Hombre de recio carácter, no le tenía miedo a nadie. Era un cascabel”. Así lo describe don José Marín, en conversación con el autor, en Barcelona, el 22 de marzo de 1.971. Pedro Rafael Armas fue hijo de don Felipe de Armas Ruiz y de doña Margarita Itriago Domínguez. Era casado con Felicia Bustillos Gutiérrez y dejó dos hijos: Carmen Amparo y Pedro Rafael.
  5. Información de don José Antonio Marín, en Barcelona, marzo de 1.971. Don José Antonio Marín fue uno de los hombres de la Revolución Libertadora. Estuvo en la pelea de El Guapo. Fue reclutado en Guanape, adonde había ido con dos burros, acompañando a Enrique Roxbergh, quien iba a comprar tabaco. Transcurridos más de sesenta años, don José Antonio aún lamentaba la pérdida de los animales.
  6. Información de la señora Providencia de Chivico.
  7. Datos suministrados por don Emilio Chivico, en Clarines, noviembre de 1.971. Don Emilio recogió esa información de Santos Mendoza, de quien oyó la relación pormenorizada de esos sucesos más de una vez.
  8. Ese es el caso, por ejemplo, de Manuel Monserrate de Armas. Su padre, el General Manuel Monserrate de Armas Matos, más fue el tiempo que pasó en campaña que en su casa. Su abuelo, Don Vicente María de Armas, perdió la vida a manos de una patrulla o campo-volante en la época de los guaricongos. Había salido de su casa para la hacienda y no regresó. El perro que siempre le acompañaba se presentó a los cinco días, hambreado, maltrecho. Información de Doña Wintila Armas de Mata Medina, en Sabana de Uchire, el 30 de mayo de 1.955.
  9. En Clarines vivió don Benedicto Sotillo, quien fue oficial del ejercito del General Manuel Piar. El tema predilecto de su conversación eran los relatos de la guerra, que lamentablemente nadie recogió. Don Benedicto falleció el 1 de enero de 1.909, en una choza que había construido en El Cascarón, a orillas del camino hacia La Cruz de Belén, cerca de Clarines.
  10. El señor Rafael Esteban Rojas Itriago, en San José de Guaribe, el día 8 de agosto de 1.971, dio al autor la más exacta y fiel relación de los sucesos de Guanape, donde perdió la vida el General Manuel Itriago, de quien es pariente cercano. Sea oportuno el momento para agradecerle su generosa y espontánea colaboración.
  11. “Julio Bellorín era de mediana estatura, delgado, aindiado, de agradable fisonomía, jugador de las armas, buen tirador, era hombre de pocas pulgas, herrero, carpintero-ebanista, músico”. Así lo describió el señor Francisco Manuel Mata Armas, que lo conoció personalmente. Barcelona, diciembre 1.971.
  12. “Mira. No tengas cuidado, que tu muerte va a ser fea”, le dijo una de las Armas Domínguez a Chucho, esa noche, cuando se hablaba de la imprudencia de ese ataque a Guanape. Chucho Armas era revoltoso, inquieto. Un día que hacía acrobacias en uno de los arcos laterales de la Iglesia de Clarines, al pisar en falso un ladrillo, se vino al suelo, donde lo recogieron inconsciente. ¡Ni siquiera tuvo una fractura! En 1.918 lo atacó la peste Española. Sus familiares, presurosos, lo metieron en una urna y con el partieron hacia el cementerio. En el transito, los cargadores sintieron que se movía. ¡Vamos, apúrate que faltan otros!, fue la respuesta que dieron al que pidió bajar la urna para ver que pasaba. Los de aquel tiempo que aún viven en Clarines aseguran que a Chucho Armas lo enterraron vivo.
  13. Al General Zenón Marapacuto lo describen sus paisanos, vecinos de Sabana de Uchire que lo conocieron, así: “Era indio puro, bajito, chifluo, con una chivita, delgado de cuerpo, tallao. Era hombre calmoso, de mucha paciencia y voz suave. Brioso de verdad verdad, jugaba las armas y era el cacique en el vecindario de Santa Bárbara, donde vivía”. El General Cipriano Castro había escrito varias veces a Marapacuto, llamándolo a Caracas, pero se excusaba. Al fin escribió pidiéndole una audiencia, la que le fue concedida sin demora. Recibido por Castro, pidió: 1) La partición de los resguardos de Indígenas de Sabana de Uchire, 2) Que se le nombrara Jefe Civil de Sabana de Uchire. Ambas peticiones se atendieron.
  14. Mucha de la información que aparece en este relato fue suministrada en Guanape por el señor Armando Espinoza, a quien agradecemos su colaboración.

Por: Julio José González Chacín.

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La Pelea de Guanape

Seguidamente, copio textualmente el escrito de nuestro pariente Rafael Armas Alfonzo, a proposito de uno de los acontecimientos mas importantes ocurridos en la historia de Guanape, durante La Revolución Libertadora, en diciembre de 1.902.
Para hacer el texto mas amigable, he colocado enlaces a las personas que se nombran en el texto y que aparecen en el arbol de nuestra familia, que como detalle curioso, la mayoría de los protagonistas de esta historia estaban emparentados de una u otra manera. Practicamente se puede decir que fue una batalla familiar. Igualmente a lo largo del texto, he colocado unas fotos para ilustrar el sitio de los acontecimientos y ademas una del cementerio local de Guanape, en donde reposan los restos de ambos parientes, del General Manuel Itriago Armas y de su primo Pedro Armas Itriago, una al lado de la otra.

Agradecimientos para Alvaro Armas Bellorín, hijo del autor, el cual muy gentilmente autorizó su publicación.

La Pelea de Guanape
Rafael Armas Alfonzo

La Revolución Libertadora constituye el hecho armado de mayor significación contra el gobierno del general Cipriano Castro. Comienza a fines de 1.901 con la presencia en aguas venezolanas del vapor Banright, rebautizado Libertador, a cuyo puente de mando se asoma el general y banquero Manuel Antonio Matos, y tras diecinueve meses de cruentos episodios, culmina en Ciudad Bolívar con el triunfo del Gobierno, jefaturada por el General Juan Vicente Gómez, segundo de Castro. Campos de acción fueron Guanaguana, La Victoria, El Guapo, Barquisimeto y Ciudad Bolívar. Catorce mil hombres llegaron a contar los rebeldes. Victorino Márquez Bustillos, panegirista de Gómez, asigna a la Libertadora la importancia que no tuvo, según él, la Guerra Federal. Implica en la aventura “Los hombres de dinero, los de los prestigios políticos y los militares, los dirigentes de los partidos, fuerzas vitales, en suma, abrumadoras por su calidad y por su peso…” y “entre las más brillantes espadas del caudillaje y los más expertos políticos de todos los círculos” asocia los nombres de los Generales Luciano Mendoza, Domingo Monagas, Nicolás Rolando, Gregorio Segundo Riera, Amabilie Solagnie y Luis Loreto Lima.

El alzamiento de La Victoria el 20 de Diciembre, a la cabeza Luciano Mendoza, presidente del Estado Aragua, marca en realidad el principio de la revolución. La acción del Cerro el Zamuro, en la capital de Bolívar, es el fin. Se peleó el 19 y el 20 de Julio. Doscientos cincuenta muertos y más de cuatrocientos heridos es el balance de los atacantes. Ochocientas bajas entre muertos y heridos sufren los rebeldes. A estas cifras los vencedores suman 3.275 fusiles, cuatro cañones, una ametralladora, una caja de dinamita, doscientas sesenta y cuatro granadas, trescientas libras de pólvora, más de medio millón de cápsulas y seis millones de fulminantes. Los rendidos suman doscientos veintiséis jefes y oficiales y ochocientos soldados de la Libertadora. El General Nicolás Rolando, jefe rebelde de oriente, de enorme ascendiente regional, esta entre los presos.

Además de las grandes batallas de La Libertadora, demasiada sangre se derramó en esos diecinueve meses. Ardieron pueblos, potreros y haciendas y en un sinnúmero de escaramuzas cayeron demasiados venezolanos: campesinos y pueblerinos arrastrados inconscientemente a la destrucción. La acción de Guanape, descrita por Rafael Armas Alfonso, maestro de escuela de muchos años, historiador con buena obra en vías de publicación, muestra lo que de encono fraticida tuvo la Libertadora en esa región agropecuaria de Anzoátegui. ¿Qué fue la pelea de Guanape? Una escaramuza entre hacendados, entre familiares, entre terratenientes. Sus puntos de diferencia se exteriorizaban afecciones a este o aquel caudillo o ambiciones de poder entre los que lo detentaban y los que lo aspiraban por la vía de la fuerza. Ni unos ni otros proporcionarían a sus pueblos posibilidades distintas a las que inveteradamente se les han negado a comunidades de escaso destino social. Las conclusiones que resultan conforman un cuadro de heroicidades innecesarias: una sola familia enlutada y un cadáver expuesto al sol hasta que la insania de un violento cabecilla rural permite que lo recojan para su entierro, el de Manuel Itriago al lado de su sobrino, en el mismo pedazo de tierra del cementerio local, los dos compartiéndose las mismas flores escasas.

El 12 de diciembre de 1.902, en plena Revolución Libertadora, el General Manuel Itriago Armas (a) Veneno, ocupaba militarmente a Guanape con fuerzas del Gobierno. “Las tropas, veteranas, disciplinadas, en su mayoría las había traído de Caracas” (1). Su cuartel ocupaba la casa llamada La Estrella, ubicada en la Calle Real, en el cruce con un callejón que sale a la plaza. Frente a esa casa, por el lado izquierdo, está la quebrada Calanche y más allá el bosque, la montaña. Esa casa, techada de tejas, hace esquina, aún existe, deteriorada, ruinosa. Allí estaba acuartelado también en su condición de 2do jefe de las fuerzas, el General Zenón Marapacuto, quien había traído unos sesenta hombres bien armados, todos ellos de los caseríos Santa Bárbara y Alto Uchire. Uno y otro estaban en expectativa, dispuestos a defender a Guanape como diera lugar.

Después de la derrota de El Guapo, algunas de las guerrillas formadas por revolucionarios de la zona norte del Estado Anzoátegui, mejor dicho, de la costa del Unare, habían logrado reunirse bajo el mando del Coronel Pedro Rafael Armas, “oficial de valor e impetuosidad comprobados” (2).

Esas guerrillas eran comandadas por pequeños caudillos, los más hombres de hogar y de trabajo, ninguno, realmente era oficial de escuela: Manuel Monserrate de Armas Álvarez, uchireño hacendado, José Vicente Mata Armas, de Píritu, Manuel Santamaría, de Clarines, y José Gregorio Bastardo, de el Hatillo. Estos fueron los del ataque a esa plaza.

Erróneamente se ha afirmado que otros jefes revolucionarios acompañaron al Coronel Pedro Rafael Armas en esa oportunidad. Es incierto. Nicolás Bottaro, hijo de Clarines, criador, dueño del hato La Pedrera, Matías Morffe Marcano, agricultor y criador, dueño de una posesión ubicada entre Las Pinteras y Urape, en jurisdicción del municipio Sabana de Uchire, y don Pancho Lusinchi, de Clarines, criador, dueño del hato Corcobao, no estuvieron en la pelea de Guanape.

Ubicados en Clarines, a los jefes de guerrillas les resultó un problema difícil unificar criterios en cuanto a los movimientos de la revolución. “Las discusiones en el campamento, entre los jefes, eran muy frecuentes. No lograban ponerse de acuerdo” (3). Manuel Monserrate de Armas, José Gregorio Bastardo y Manuel Santamaría insistían en el ataque a Guanape, y, sin rodeos, expresaban sus dudas de que el Coronel Pedro Rafael Armas se atreviera a atacar esa plaza, defendida como estaba por su pariente el General Manuel Itriago Armas.

La decisión de tomar a Guanape a toda costa se tomó el 10 de diciembre, después de acaloradas discusiones y no fue sino una temeraria demostración de valor y coraje por parte del Coronel Pedro Rafael Armas (4), a pesar de que ambas cualidades eran suficientemente reconocidas por todos los que le acompañaban. Entre estos, con categoría de oficiales, estaban Chucho Armas, su hermano, Manuel Santamaría, ya citado, y Adolfo Quiaro, nativo de Clarines, quien había sido ayudante de Bottaro. Le acompañaba también otro buen oficial, de apellido Guacarán, nativo de El Guamo, que con el, con Pedro Rafael, había hecho toda esa campaña.

Esos primeros días de diciembre de 1.902, para los revolucionarios de Clarines, fueron de mucha actividad. Del cuartel, ubicado en la Casa Amarilla, frente a la plaza, salían las comisiones, que no se daban descanso. Se buscaba bestias, monturas, armas, y, por supuesto, reses para el abastecimiento de la tropa. Muchos hatos fueron requisados, pero sus dueños habían traspuesto sus bestias de silla, que era lo que con más empeño se trataba de conseguir. Sin embargo, algo se trajo de Amana y de Palmira, de El Bagre, de San Isidro y Los Barrancos, en la cercanía de La Encantada. Esas comisiones lograron además que algunos se sumaran espontáneamente al movimiento.

En la población existía cierta inquietud, cierto temor difícil de disimular. Algunos hijos de Clarines prestaban servicio militar bajo las órdenes del General Itriago, y nadie podía prevenir los resultados de un encuentro, tantos eran los preparativos bélicos que se estaban observando.

Por otra parte, la actividad económica se encontraba totalmente paralizada. La mayoría de los comerciantes preferían esperar, temían correr el riesgo de que se les pidiese una obligada contribución en dinero efectivo, como se había impuesto en anteriores oportunidades. Este temor era el tema de las conversaciones de don Pancho Medina y de don Juan Chacín, dueños de establecimientos mercantiles en la Calle Comercio. En la farmacia de don Plácido Gutiérrez las reuniones eran muy frecuentes y los comentarios de la situación exponían claramente las simpatías de los asistentes hacia el General Nicolás Rolando y los otros jefes de la Revolución Libertadora. A esas reuniones asistían el Dr. J de J Tirado, don Julio y don Reinaldo García Ramírez, don Julián Alfonzo y otros más. Pero era evidente que les inquietaba ese inusitado movimiento de gente armada que había tomado la población. Ni los cargadores de agua, ni los que traían del campo frutos o animales para vender, se veían en las calles. El negocio de don Manuel Ávila Salazar, ubicado en la misma casa donde tenía su familia, situado a dos cuadras de la plaza, en la calle San Antonio, abría una de sus puertas un rato en la mañana. Su dueño lo hacía, mas por hablar con algunos oficiales y elementos de tropa, de los que pasaban por la calle, que por venderles algo. Don Manuel Ávila simpatizaba también con La Revolución Libertadora, revolucionario como había sido durante toda su vida. Don Ramón Alfaro, dueño de un negocio de mercancías y víveres ubicado en la casa Nro. 72 de esa misma calle San Antonio, casa diagonal hoy al dispensario, accedía a vender algo, pero a determinadas personas, y lo hacía por el zaguán. Don Antonio Requena Gómez, que tenía un negocio y una panadería en su casa de la calle San Antonio Nro. 82, hoy propiedad del señor Francisco Bustillos, no habría sus puertas a nadie, su esposa, doña María Medina, nerviosísima con ese tropel de caballería que con sus cascos sacaba estrellas al empedrado de la calle, no se lo permitía. Don Agustín Monteverde, establecido en la casa Nro. 88 de esa calle, casa que hoy es propiedad del señor Arturo Armas López, doña Adelina Bottaro, en su casa de La Cruz del Zorro, y don Pancho Lusinchi, en la última casa de esa calle, frente al puente que comunica con el caserío La Cruz de Belén, mantenían una misma actitud: no abrían sus puertas. Era notorio que ningún viajero, ningún arreo llegaba a Clarines, ocupada como estaba la ciudad por los revolucionarios.

El viejo Domingo Pérez, encargado de prende los faroles, hacía días que no salía con su escalera al hombro y su lata de kerosene, pues había tenido que suspender su trabajo por recomendaciones de su mujer, doña Vicenta. Al oscurecer todas las salidas de la población eran ocupadas por centinelas y los cambios de guardia obligaban a los vecinos a la vigilia y a los comentarios en voz baja.

Don Julián Alfonzo, quien había dejado de ir a su hato Cuapa por permanecer al lado de su familia y por ver en que paraba todo ese inusitado movimiento, a petición de los revolucionarios accedió a ir a Guanape con una comisión sumamente delicada: proponer al General Manuel Itriago Armas que se sumara al movimiento, pero esta fue una gestión inútil. “Ya tengo este compromiso con el General Cipriano Castro. Yo soy hombre de palabra”, fue toda su respuesta.

El General Itriago Armas, a su vez, por intermedio de personas de la familia, trató de persuadir a su pariente: “Dígale a Pedro Rafael que no me ataque, que eso será una imprudencia”. Resultaba evidente que no deseaba la pelea, y, en consecuencia, en esos primeros días de diciembre, se preparaba para desocupar la plaza.

A pesar de todo, terminados los preparativos, se emprendió la marcha hacia Guanape. La salida de Clarines fue en la alta madrugada de ese 12 de diciembre. Esas guerrillas comandadas por Pedro Rafael, en honor a la verdad, no constituían ningún ejército. Sus efectivos alcanzaban a 480 hombres, incluyendo los que mandó, a última hora, don Carmen Itriago, todos ellos peones y vaqueros de su hato Arenas. “Eran fuerzas de infantería, la oficialidad, y no toda, montaba en bestias. El armamento era desigual, un verdadero muestrario. Unos pocos máuseres, Winchester y mosquetones, que habían sido utilizados en otras guerras, cubanos, un arma que llamaban charpa, y escopetas de pitón de uno y dos cañones. El parque que llevaban no eran gran cosa” (5)

Como a las 9 y 30 a.m., frente al caserío Las Varas, Manuel Santamaría, picando espuelas a su caballo, se arrima al de Pedro Rafael y le dice: “Mire compadre!, usted lleva a su lado a Guacarán, que es buen oficial y como bueno que es lo ha acompañado en toda esta guerra, desea Chucho, su hermano, para que me acompañe”, a lo cual Pedro Rafael accedió.

Antes de las 11 a.m. rodearon la plaza. Un grupo de hombres de a caballo, a toda carrera, fueron los primeros en entrar a la población, la que atravesaron sin detenerse. Se oían gritos y descargas de uno y otro lado. Don Pedro Herrera, en su casa, no hallaba donde esconderse. Lina y Fidelia Turipe corrían de uno a otro rincón implorando a la Virgen de Candelaria que las protegiera. En la casa de los Armas Domínguez el pánico se apoderó de todos: Rosa enterró sus prendas bajo un ladrillo, a Amparo, su hermana, el susto le produjo vómitos y diarrea. Rafael Alejo, en el momento de comenzar el tiroteo, entraba a su casa con dos toretes que traía para su venta. Estos animales quedaron sueltos porque no dio tiempo para amarrarlos. Rafael Alejo gritó: Todo el mundo al suelo, boca abajo!. Del susto tan grande, se enfermó (6).

Del cuartel, mandado por Marapacuto, el primero en salir fue Policarpo Morffe, oficial, que con varios soldados hizo frente a los atacantes. Las descargas continuas y los gritos se oían por todas partes. Pedro Rafael entró por La Tejería con su guerrilla, y allí, tras de la Iglesia, le mataron a Guacarán.

Enardecido, avanza espada en mano, gritando a los suyos: “Avancen, muchachos!” pero los defensores no dan el frente, no se dejan ver sino cuando apenas asoman las puntas de los fusiles para disparar. Se protegen tras de las esquinas, tras de los árboles de la plaza, tras de las palizadas de las casas. Corriendo atraviesan la calle, buscando protegerse de las descargas. Buscan hacia el callejón situado entre la calle comercio y la calle Santa Rosa, y, por un boquete que ven en la palizada de la casa de don José Antonio Gutiérrez, entra la guerrilla, ya diezmada, pues en ese corto trayecto han perdido cuatro hombres.

En el patio de la casa, tras del grueso cañón de un cují, la gente del General Manuel Itriago ha improvisado una trinchera. La defienden Santos Mendoza y un indio nativo de Píritu, de apellido Araguaney. Ante éste, espada en mano, preséntase Pedro Rafael: “Ríndanse!”, le grita, y el otro levantando a medias el fusil, acciona el gatillo. El balazo, en la parte baja del cuello, detiene su marcha y cae. Los de esa trinchera suspenden el fuego. ¿Y este quien es?, le pregunta Araguaney a Santos Mendoza, que lo tiene al lado. “Carajo!”, le dice Santos. “Este es Pedro Rafael, el jefe de la revolución!”. El soldado piriteño se asustó muchísimo. “Yo no sabía yo no sabía”, repetía azorado, con pena (7). La tradición oral ha recogido esos detalles, tal como se mencionan.

¿Que parte tomaron en la acción las tropas comandadas por Manuel Monserrate de Armas, por Bastardo, por José Vicente Mata y por los otros?. ¿Qué parte tomaron si en la pelea los muertos fueron cinco, y todos de la Guerrilla de Pedro Rafael?.

Terminada la pelea, de regreso hacia Clarines por el camino real, llega Chucho Armas a Las Varas, a la casa de Teodoro Magallanes y preguntó quienes habían pasado. Bueno, le contestó el otro, pasó Monserrate con su gente, pasó también Manuel Santamaría con los suyos, después pasó Bastardo, después José Vicente… ¿Y Pedro Rafael, le interrumpió Chucho. No, Pedro Rafael no ha pasado, contestó Magallanes.

Chucho Armas volvió grupas su bestia, se regresó. En el paso del río, a mano derecha, subió por su cauce, y, dejando éste, tomó el curso de la quebrada Calanche para observar, con alguna protección, los movimientos en el pueblo. Por allí se quedó hasta el oscurecer, hasta que vio salir las tropas de Marapacuto. Esa noche se encontraba en el velorio del hermano.

La guerrilla de Manuel Monserrate de Armas, integrada por uchireños, durante la pelea se había dispersado completamente, de tal manera que cuando el pasó frente a la casa de Magallanes, rumbo al camino que sube a Sabana de Uchire vía Cerro Verde, solo llevaba un reducido número de soldados. Fue la guerrilla más numerosa de las que concurrieron al ataque de Guanape, pues la formaba un contingente de más de cien hombres. Juan Cabeza, Ramón Duerto, Andrés Cacharuco, Enerio Párica, Valentín Guacha, Ignacio Macayo, Segundo Tarache, Matilde Estacio, Francisco Marapacuto y Raimundo Macuma se contaron entre ellos. Sus oficiales Eusebio Aguilar, Hilario Meza, Pablo Avilé, José Gabino Tovar y Julio Bellorín eran hombres de valor y con una cualidad sobresaliente: leales a la palabra empeñada. Este grupo de uchireños, así como los otros grupos, constituían una montonera. Criadores o agricultores, obreros, hombres del campo o de la ciudad, con limitados recursos económicos o sin ellos, ¿Por qué iban a la guerra? Simplemente porque todo el que se consideraba un hombre iba. En algunos casos, tomar parte en esas revoluciones era algo así como una obligación, pues se presentaba un medio fácil para saldar diferencias o cobrarse deudas personales, y si padre y abuelo habían tenido destacada actuación en los movimientos armados de su tiempo, ¿Cómo justificar el hecho de permanecer indiferente? (8). Por otra parte, regados por todo el territorio venezolano aún vivían algunos oficiales y soldados de los que combatieron en la guerra de independencia, y estos hablaban de sus proezas, de su participación en esa contienda (9). De hecho, tales relatos incitaban al hombre a enrolarse en el primer movimiento armado que se presentara. Decir “ese peleó en La Guerra Federal” equivalía a decir que pasó por la mejor escuela de ese tiempo.

¿Qué buscaba Pedro Rafael Armas al atacar a Guanape?. En el supuesto de que hubiera logrado tomar la ciudad, ¿Qué ventajas le reportaba al movimiento, a la revolución, si en realidad esa plaza, militarmente, carecía de importancia?.

Ese día del ataque a Guanape, al General Manuel Itriago le había llegado su hora. Todo el tiempo que duró la pelea lo pasó donde su hermana Inés María Itriago, esposa del señor Pedro Pérez Ramos, quien vivía en una casa de esquina, frente a la plaza, a una cuadra del cuartel. Desde allí mandó varias veces a Nico Rojas, su asistente, para preguntar a Marapacuto como veía la situación. “Dígale al General Itriago que no salga, que espere más bien un rato. Dígale que la situación es buena, que no se preocupe. Dígale que yo estoy dando aquí, en el comando, las órdenes convenientes” (10).

Cuando la muerte se acerca, el recuerdo de familiares desaparecidos viene más de prisa. El General Manuel Itriago, en este asalto a Guanape, por segunda vez en su vida se encontró en una acción semejante. Ciertamente, un hado adverso, trágico, señaló el destino de miembros de su familia, pues varios de ellos perecieron en forma violenta. Tenía el 9 años cuando el asalto de Jerónimo García a Sabana de Uchire, donde residía con sus padres y hermanos. No podía olvidar la fecha. Eso fue el 24 de diciembre de 1.864. Esa noche los Itriago y los Armas celebraban el matrimonio de Camilo Rojas con Rufa Anato. Su padre, don Tomas Itriago, perdió la vida atravesado de un lanzazo, al intentar, espada en mano, pasar una palizada. Su madre, doña Blasina Armas Madurera, con todos sus hijos pequeños, a pie, se vio esa noche obligada a abandonar la población. En esa ocasión, a Domingo Itriago, que huyó en compañía de su hermano don Clemente, lo mataron en Montecristo, en el camino a Guanape. Don Clemente salvó la vida milagrosamente, al meterse en un poso de agua. Y todos eran hermanos de su padre, como lo fue también don Deogracia Itriago, asesinado en el cerro Guamachito por un ahijado suyo. ¿Cómo olvidar estos recuerdos?.

Como a las 2:30 p.m. el General Itriago Armas salió de la casa de su hermana. Solo, a pie, paso a paso. No llevaba arma alguna. En su mano derecha tenía un foete pequeño, con el que se golpeaba la bota y el pantalón, como si se sacudiera el polvo. Tenía amarrado un macho muy brioso y caminador, su bestia de silla, bajo un frondoso samán, en el patio de la casa del cuartel. Hacia allí se dirigía. Se oían algunos tiros dispersos.

Julio Bellorín (11) con su gente, había tomado parte atacando por el lado oeste, precisamente, hacia donde estaba instalado el cuartel. Ya había cesado la balacera y venia en retirada, ojo avizor, tratando de localizar alguno de sus hombres. A distancia vio al General Itriago Armas que venía a pie, con su bestia de diestro. Era un blanco magnifico! “Mejor es quitar a este hombre del medio”, dijo. Tendió su arma, un Winchester con el que no fallaba un tiro. Levantó la mirilla para ver por el extremo superior. “Son como doscientos metros. Por más que baje el plomo, no lo pelo”, dijo, accionando el gatillo.

La bala alcanzó al General Itriago justamente en la esquina del fondo de la casa de don Justo Márquez, y allí cayó, herido de muerte. El Balazo, en el bajo vientre, le destrozó órganos vitales. Un oficial que estaba cerca corrió para auxiliarlo y varios soldados hicieron una descarga hacia el rumbo de donde había salido el disparo.

El General Zenón Marapacuto, en venganza, quería tomar represalias pero el General Itriago, herido de muerte como estaba, se opuso. Tomas Pérez Itriago, su pariente, fue corriendo donde Marapacuto a decirle que no intentara saquear el pueblo, y como prueba de que había sido mandado por el mismo General Itriago, llevó su sombrero. A regañadientes Marapacuto acató la orden.

Esa misma noche Chucho Armas informó a personas de su familia que él fue el autor del disparo que segó esa vida (12). ¿Qué buscaba con eso? La verdad se supo después. Julio Bellorín nunca hizo alarde de esa muerte, pero en conversaciones con Ricardo y Julio Alfonzo Rojas, en Sabana de Uchire, les refirió los detalles de este incidente.

A la muerte del General Manuel Itriago Armas, el General Zenón Marapacuto asumió el mando de las tropas (13). Por cierto que los familiares del Coronel Pedro Rafael Armas guardan todavía un ingrato y penoso recuerdo de su comportamiento, inmediatamente después de la pelea no permitió que se levantara el cadáver, el cual estuvo expuesto al sol por varias horas (14). Accedió finalmente a petición de Don Felipe Silva, cuando, organizadas apresuradamente sus tropas, su corneta de ordenes tocó retirada rumbo a su cuartel en la zona montañosa de Alto Uchire, el único sitió donde se encontraba seguro.

El Morro de Barcelona: 26 de Diciembre de 1.971.

Notas al pie de página:

  1. Información dada personalmente al autor por don Arturo Armas Itriago, en Clarines, el 4 de abril de 1.970.
  2. Juicio de don Arturo Medina Alfonzo en “Mi Provincia y sus Valores”, página Nro. 159, 1era edición, 1.944.
  3. Información dada personalmente al autor por don Tomás Miranda Ferrer, en Clarines, el 17 de enero de 1.969. Don Tomás tomó parte activa en La Revolución Libertadora. Estuvo en la pelea de Aragua de Barcelona y en la de Mayare. Poseía una extraordinaria memoria.
  4. “Pedro Rafael Armas era alto, flaco, delgado, tan delgado que parecía un carapacho. Hombre de recio carácter, no le tenía miedo a nadie. Era un cascabel”. Así lo describe don José Marín, en conversación con el autor, en Barcelona, el 22 de marzo de 1.971. Pedro Rafael Armas fue hijo de don Felipe de Armas Ruiz y de doña Margarita Itriago Domínguez. Era casado con Felicia Bustillos Gutiérrez y dejó dos hijos: Carmen Amparo y Pedro Rafael.
  5. Información de don José Antonio Marín, en Barcelona, marzo de 1.971. Don José Antonio Marín fue uno de los hombres de la Revolución Libertadora. Estuvo en la pelea de El Guapo. Fue reclutado en Guanape, adonde había ido con dos burros, acompañando a Enrique Roxbergh, quien iba a comprar tabaco. Transcurridos más de sesenta años, don José Antonio aún lamentaba la pérdida de los animales.
  6. Información de la señora Providencia de Chivico.
  7. Datos suministrados por don Emilio Chivico, en Clarines, noviembre de 1.971. Don Emilio recogió esa información de Santos Mendoza, de quien oyó la relación pormenorizada de esos sucesos más de una vez.
  8. Ese es el caso, por ejemplo, de Manuel Monserrate de Armas. Su padre, el General Manuel Monserrate de Armas Matos, más fue el tiempo que pasó en campaña que en su casa. Su abuelo, Don Vicente María de Armas, perdió la vida a manos de una patrulla o campo-volante en la época de los guaricongos. Había salido de su casa para la hacienda y no regresó. El perro que siempre le acompañaba se presentó a los cinco días, hambreado, maltrecho. Información de Doña Wintila Armas de Mata Medina, en Sabana de Uchire, el 30 de mayo de 1.955.
  9. En Clarines vivió don Benedicto Sotillo, quien fue oficial del ejercito del General Manuel Piar. El tema predilecto de su conversación eran los relatos de la guerra, que lamentablemente nadie recogió. Don Benedicto falleció el 1 de enero de 1.909, en una choza que había construido en El Cascarón, a orillas del camino hacia La Cruz de Belén, cerca de Clarines.
  10. El señor Rafael Esteban Rojas Itriago, en San José de Guaribe, el día 8 de agosto de 1.971, dio al autor la más exacta y fiel relación de los sucesos de Guanape, donde perdió la vida el General Manuel Itriago, de quien es pariente cercano. Sea oportuno el momento para agradecerle su generosa y espontánea colaboración.
  11. “Julio Bellorín era de mediana estatura, delgado, aindiado, de agradable fisonomía, jugador de las armas, buen tirador, era hombre de pocas pulgas, herrero, carpintero-ebanista, músico”. Así lo describió el señor Francisco Manuel Mata Armas, que lo conoció personalmente. Barcelona, diciembre 1.971.
  12. “Mira. No tengas cuidado, que tu muerte va a ser fea”, le dijo una de las Armas Domínguez a Chucho, esa noche, cuando se hablaba de la imprudencia de ese ataque a Guanape. Chucho Armas era revoltoso, inquieto. Un día que hacía acrobacias en uno de los arcos laterales de la Iglesia de Clarines, al pisar en falso un ladrillo, se vino al suelo, donde lo recogieron inconsciente. ¡Ni siquiera tuvo una fractura! En 1.918 lo atacó la peste Española. Sus familiares, presurosos, lo metieron en una urna y con el partieron hacia el cementerio. En el transito, los cargadores sintieron que se movía. ¡Vamos, apúrate que faltan otros!, fue la respuesta que dieron al que pidió bajar la urna para ver que pasaba. Los de aquel tiempo que aún viven en Clarines aseguran que a Chucho Armas lo enterraron vivo.
  13. Al General Zenón Marapacuto lo describen sus paisanos, vecinos de Sabana de Uchire que lo conocieron, así: “Era indio puro, bajito, chifluo, con una chivita, delgado de cuerpo, tallao. Era hombre calmoso, de mucha paciencia y voz suave. Brioso de verdad verdad, jugaba las armas y era el cacique en el vecindario de Santa Bárbara, donde vivía”. El General Cipriano Castro había escrito varias veces a Marapacuto, llamándolo a Caracas, pero se excusaba. Al fin escribió pidiéndole una audiencia, la que le fue concedida sin demora. Recibido por Castro, pidió: 1) La partición de los resguardos de Indígenas de Sabana de Uchire, 2) Que se le nombrara Jefe Civil de Sabana de Uchire. Ambas peticiones se atendieron.
  14. Mucha de la información que aparece en este relato fue suministrada en Guanape por el señor Armando Espinoza, a quien agradecemos su colaboración.

Por: Julio José González Chacín.

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José Antonio De Armas Chitty. Un Guariqueño Centenario 1908-30 de Noviembre-2008

Por: Irma Marina Mendoza*
En nuestro querido Guárico merece especial atención la figura de un caraqueño circunstancial identificado con nuestro llano, nos referimos a JOSÉ ANTONIO DE ARMAS CHITTY nacido en Caracas el 30-11-1908, hijo de Antonio de Armas Matute y de María Chitty, presente en Santa María de Ipire desde los 6 años de edad y durante 21 años. De su padre, educador reconocido, recibió una esmerada educación que le permitió el desempeño de numerosos cargos en la administración pública como: director de política del estado Guárico (1938), encargado de la secretaría de gobierno del estado Monagas (1939), jefe civil del distrito Monagas (1939), jefe de la secretaria de la presidencia del estado Zulia (1941-43), Director de Publicaciones del Consejo Venezolano del Niño (1952) jefe de la secretaría del Ministerio de Educación (1969-71), entre otros.

En 1925, muy joven, escribe en periódicos regionales: Unare, El Sembrador y Unión (Zaraza), El Luchador (Ciudad Bolívar) y Letras de Moldes (Valle de la Pascua). Durante 3 lustros publicó artículos en el diario El Nacional (Caracas) e igualmente en otros periódicos venezolanos y del exterior (Lima, Buenos Aires, Madrid) Su obra hemerográfica merece ser investigada, compilada, publicada y difundida para beneficio del pueblo venezolano.

Como historiador emprendió una intensa actividad intelectual, investigó en múltiples repositorios del país: Archivo General de la Nación, Archivo Arquidiocesano de Caracas, Archivo de la Academia Nacional de la Historia, Registro Principal de Caracas, archivos públicos de distintos estados, archivos familiares y personales. Revisó Publicaciones Oficiales como: Censos de Población, Censos Agrícolas, Memorias y otras publicaciones del Ministerio de Educación. Su estadía en el Archivo General de Indias (Sevilla-España) implicó exhaustivas consultas. En 1957 es designado miembro correspondiente de la Academia Nacional de la Historia, el 10.01-1979 es electo individuo de número y se incorporó con un discurso titulado Aventura y circunstancia del llanero. Ganadería y límites del Guárico (Siglo XVIII) Combinó investigación y docencia en la Universidad Central de Venezuela, institución a la que se incorporó en el año 1949 y recibió su jubilación en 1981.

Su extensa bibliografía la resumimos a continuación: Zaraza, Biografía de un Pueblo (1949), Origen y Formación de algunos Pueblos de Venezuela (1951), Historia de la tierra de Monagas (¡955), Documentos para la historia colonial de los Andes venezolanos(1957), Tucupido, formación de un pueblo del llano (1961), Vocabulario del Hato (1961), Guayana, su tierra y su Historia (1964), Fermín Toro y su época (1966), Caracas: origen y trayectoria de una ciudad (1967), Influencia de algunas capitulaciones en la geografía de Venezuela ((1967), Vida política de Caracas en el siglo XIX (1969), La Batalla de Carabobo. Antecedentes y efectos (1971), Juan Francisco de León. Diario de uuna Insurgencia (1971), Historia de Puerto Cabello (1974), Historia de la Radiodifusión en Venezuela (1975), Boves a través de sus Biografía (1976), Historia de Paraguaná y punto Fijo(1978) El Mocho Hernández, Papeles de su Archivo (1978), Historia del Guárico (1978), Caracas habla en documentos (1979), San Miguel del Batey. Población del siglo XVII (1980), Semblanzas, testimonios y apólogos (1981). Supera la historia narrativa y descriptiva para realizar una profunda interpretación global transmitida a través de una singular y hermosa prosa. A cada obra incorpora un apéndice documental que orienta al lector y estimula el quehacer de cronista e historiadores.

J. A. de Armas Chitty se reveló como un poeta y nos legó las siguientes obras: Candil, Romances de la Tierra (1948), Tiempo de Aroma (1948), Retablo (1959), Cardumen. Relatos de tierra caliente (1952), Islas de Pueblos (1954), Canto solar a Venezuela (1967), Territorio del viento (1977). José Ramón Medina emite el siguiente juicio “Poeta de estirpe llanera, ha sabido conservar a todo lo largo de su trayectoria lírica el apego a las cosas de su tierra llegando a ser uno de nuestros más característicos cultores del nativismo, pero en otra dirección que lo distingue de tendencia popular. Cultiva la poesía con fervor verdadero. La investigación histórica le atrae con pasión profunda. Tiene una prosa recia y poética, a la vez, que le brinda singulares aciertos para el relato” (Puente de Cigarras, homenaje de la Academia Nacional de la Historia a su numerario).

Su obra escrita ha merecido múltiples reconocimientos: Premio Nacional de Romances (1945), Premio de la Revista Elite por el soneto Homenaje a Ciudad Bolívar, en el bicentenario de la ciudad (1946), Premio Casa del Guárico por el poema “Canto a la mujer y a la tierra (1947), Premio Municipal de Prosa por la obra Zaraza, Biografía de un pueblo, Concejo Municipal de Caracas (1950), Premio Nacional de Literatura por Tucupido, formación de un pueblo del llano (1962) Igualmente recibió las siguientes condecoraciones: Andrés Bello (1969 y 1976), 27 de junio (1970), Libertador (1973) y Alfonso El Sabio(1973). Nuestro personaje, autodidacta por excelencia, recibió dos Doctorados Honoris Causa en el año 1991, uno lo otorgó la UCAB-Táchira y el otro, el Alma Mater guariqueña: la UNERG.

Unas últimas palabras a su destacada personalidad. Quienes lo llegaron a conocer destacan su extraordinaria bondad, la solidaridad sin esperar recompensa, el compartir conocimientos y otros bienes. Un desprendimiento total. Estableció especial comunicación con los niños embelesados con sus conversaciones y a quienes siempre obsequió “chucherias”, juguetes En síntesis, un especial, noble y hermoso ser humano. Murió en Caracas el 6-10-1995.

*Historiadora y docente del Postgrado en Historia de Venezuela de la Universidad Rómulo Gallegos (UNERG)


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